Satélites: memoria de un proceso de escritura

Parece que hace una eternidad, o así ha agudizado la sensación de paso del tiempo esta pandemia, pero fue en febrero de este mismo año 2020: un día llegó por sorpresa a mi casa un paquete enviado por mi editorial con una nueva remesa de ejemplares de mi novela, Satélites.

Aproveché entonces para explicar cómo y por qué la había escrito a través de un hilo de Twitter que recopilo aquí, ahora corregido y matizado, para que no se pierda en el océano de las redes sociales:

En diciembre de 1996, mi madre murió por un cáncer de mama después de varios años de enfermedad. Yo acaba de cumplir 17. Os podéis imaginar que aquello marcó mi adolescencia. Pero no sólo: había crecido viendo a mi madre enferma.

Yo escribía, como siempre y desde siempre, sin darle mucha importancia. Como hacía otras muchas cosas: pintaba, cantaba en un coro… Una vez traté de escribir un poema sobre aquello, pero nada más. Nunca más: no quería ni podía. Tampoco se me había ocurrido convertir aquella afición, aquel hábito, en oficio. A mí lo que me gustaba era el arte. Desde muy pequeña fui a clases de dibujo y pintura, con la ilusión de estudiar Bellas Artes algún día.

Ese día llegó, mi madre había muerto hacía pocos meses y a mí no me apetecía intentar siquiera entrar en la carrera. Pero había que entrar en la Universidad. Escogí la licenciatura en Historia del Arte porque me pareció la opción de estudio más cómoda, cercana a mis intereses, sin saber muy bien qué hacer después. Terminé dándome cuenta de que lo que más me atraía era el lenguaje audiovisual, así que probé a trabajar en ese sector al terminar los estudios. Encontré oportunidades para escribir guiones sobre la materia académica en la que me había formado, la Historia del Arte: documentales y audioguías.

Y mientras tanto, yo escribía, siempre escribía. Más o menos, según la carga de trabajo que tuviera en cada momento, pero nunca dejé de hacerlo. Poesía, sobre todo.

En enero de 2008 me diagnosticaron a mí un cáncer de mama. Creo que lo afronté de una manera bastante pragmática: apretar los dientes y aguantar (el miedo, el dolor, los síntomas físicos) y dejarme cuidar y curar por quienes saben (los médicos) y quienes me querían.

Tampoco quise nunca escribir sobre aquello. Muchos años después, esa experiencia inspiró algún poema que hoy forma parte de mi poemario En buena hora. Pero nada más.

Entre 2010 y 2011, cursé el Máster de Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla. Allí me convencí de que la poesía no era lo mío, a pesar de que era el género que llevaba escribiendo toda la vida. Intenté escribir narrativa.

Y, de repente, a principios de 2012, tuve la necesidad de escribir sobre toda aquella experiencia vital. Como si se me derramara encima de golpe todo el miedo y el dolor: necesitaba escribir sobre los procesos de duelo.

Mi intención con ello era explorar la voz narrativa. La historia de una muerte era una buena excusa para jugar con la voz narrativa: ¿cómo afectaría el cambio de conciencia de un narrador que sabe que va a morir y, efectivamente, muere? Quise jugar con la perspectiva y la distancia respecto a lo narrado: de la plena conciencia a la desconexión de lo terrenal, que sería la muerte. Pero también busqué la respuesta a otras preguntas: ¿cómo se despide uno de sí mismo? ¿Cómo se despide de las personas a las que ama?

Empecé a darle vueltas a la idea en primavera de 2012. Y en verano, durante las vacaciones, tomé mis primeras notas.

En agosto, supimos que mi padre estaba a punto de morir por un cáncer de colon. No creo que fuera casualidad que necesitara empezar esta novela pocos meses antes. Creo que, intuitivamente, me había dado cuenta de que estaba enfermo antes de que él mismo fuera consciente de la gravedad de sus síntomas, mucho antes de que los médicos fueran capaces de darle un diagnóstico. Y creo que pude superar su duelo precisamente porque estaba escribiendo esta novela. Fue desgarrador, pero también necesario.

Nunca quise contar mi vida, ni mucho menos, pero sí canalizar esas emociones a través de la escritura. Para ello, creé una serie de personajes que me sirvieran y los puse a jugar. La novela no se acerca a la autoficción, pero sin duda estoy ahí.

Compaginando con el trabajo, la terminé en 2015. La di a leer a colegas de confianza. Y en 2016 hice algunos cambios importantes partiendo de sus sugerencias. En 2017 hice la revisión final y la di por terminada. Ese mismo año la envié a un concurso y lo ganó. Y fue así cómo aquel manuscrito, donde había tratado de apresar la experiencia de la pérdida, se convirtió en un libro.

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