Confinados

Más de un mes confinados y nos decimos unos a otros que este encierro obligado, este parón forzoso de la rutina, el trabajo y la actividad cotidiana puede ser una oportunidad única para reflexionar. Nos lo decimos unos a otros porque no sabemos decírnoslo a nosotros mismos. Y si lo hacemos no nos escuchamos.

Y, aunque queremos cumplir con las expectativas, no sabemos parar y mirar dentro y reflexionar. Seguimos, quizá por inercia, quizá por necesidad, con una actividad abrumadora: los cursos online gratuitos de Harvard, los crecientes objetivos de lectura en Goodreads, las nuevas recetas de repostería y las viejas, olvidadas recetas para hacer pan porque no está permitido salir a comprarlo cada día, bordar mensajes de ánimo o de desesperación en un bastidor, salir a aplaudir a las ocho porque apetece, porque es el momento en que podemos gritar y desahogar nuestra angustia sin que nos miren mal o para cumplir con la extorsión moral del buen vecino, coser mascarillas, defenderse de la obligación de coser mascarillas indicando que no hay máquina de coser ni habilidades para la costura, acompañar a los niños en sus persistentes tareas escolares y aliviarles la carga, inventar para ellos maneras de que tomen el aire y hagan ejercicio en un piso sin balcón ni azotea, asistir a conciertos online, programar recitales online, limpiar armarios, tirar papeles, cambiar muebles de sitio, probar un tinte nuevo o cortarse el flequillo con tijeras de papelería, aprender a tocar la guitarra, escribir esa anhelada novela, jugar ese videojuego arrinconado por la falta de tiempo y resistir. Y trabajar más horas de las habituales porque, desde casa, con nuestros equipos, todo va más lento, la conexión se cae, tenemos menos medios y hay que cumplir objetivos. Hay que cumplir objetivos porque la expectativa es peor: ¿qué significa la posibilidad de un despido en un escenario como este?

No podemos parar a pensar, porque, al dejar la mente en blanco, sólo aparecen burbujas de angustia y miedo. Soñar con cifras de contagiados y muertos, soñar con padecer ataques de ansiedad porque no nos los permitimos al despertar. Porque hay que mantener la cordura, la calma, apoyar a la familia, a quienes pueden pasarlo peor.

Incertidumbre. ¿Cómo vamos a reflexionar sobre los modelos de convivencia y trabajo si no sabemos nada? Ni cuándo terminará esto, si es que algún día se acaba, ni cómo estaremos para entonces (yo ya he perdido 4 kilos que no me sobraban). La previsión sin datos es imposible. Y esto lo digo a pesar de que mi afición favorita es ponerme en lo peor para preparar protocolos de actuación. En esta ocasión, me falla la brújula: no tengo imaginación suficiente para saber qué es «lo peor».

Ni siquiera puedo pensar en un futuro ideal en que se abran las puertas y tomemos las calles, volvamos a encontrarnos en los bares y abrazarnos, podamos pisar la gravilla de los caminos por los parques y tumbarnos a la sombra de los árboles, acudamos al mar a ver el horizonte que se nos niega. Por alguna razón, en mi pensamiento está bloqueada esa posibilidad de futuro, como si nunca más fuera a ocurrir.

Estar confinados es lo de menos.

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3 respuestas a Confinados

  1. Marisa Prieto dijo:

    Y después de esto “la nada”…

  2. Marisa Prieto dijo:

    ¿Te acuerdas de la Historia Interminable? Soñemos con ver volar de nuevo a Atreyu.Un abrazo.

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