Si yo tuviera una fábrica de tornillos…

Si yo tuviera una fábrica de tornillos, procuraría que las curvas que estrían su cuerpo en espiral fueran regulares y elegantes; que su piel de metal se pintara de colores vivos y llamativos, ninguno igual a otro; que sus cabezas fueran grandes y vistosas, fáciles de agarrar para estos dedos míos, siempre tan torpes; que se identificaran con números de fácil lectura en los destornilladores diseñados para acompañarlos.

Pero es que yo no sé nada de tornillos. Sé para qué sirven, pero apenas los uso: sólo de manera ocasional. Y mi visión sería siempre superficial y estética. Quizá funcional. No tendría en cuenta la variedad de tamaños, formas y materiales. No sabría cómo hacer funcionar mi fábrica de manera rentable. Por eso siempre he evitado la terrible tentación de adquirir una fábrica de tornillos. Pero si por casualidad alguna cayera alguna vez en mi poder, contrataría para gestionarla a alguien que conociera el tema al detalle y fuera capaz de comprender las necesidades de todas las partes implicadas. Y que, además, me permitiera ganar dinero con ello.

Y esto, que parece tan obvio, no se cumple en todos los sectores.

Que no se cumple en el ámbito del patrimonio me parece cada vez más evidente. Quizá sea porque mi mirada ha perdido la inocencia; quizá, porque este mundo arrastrado por la deriva neoliberal impone, por encima de todas las cosas, rendir culto al dios dinero.

Y para que se me entienda, pongo por ejemplo el caso bien conocido del Museo del Louvre. Esa cifra y esa afluencia de visitantes, que deberían tomarse con la cautela de un problema a resolver, se celebran; las necesidades básicas de conservación de las obras (esa limpieza a la Gioconda) se ignoran con tal de no perder el favor (los billetes) del público. Si esto ocurre en esta institución, imaginad en las más pequeñas.

¿No sería lógico que fueran personas del ámbito del patrimonio, de la conservación, difusión, investigación o conservación de las obras, quienes tomaran las decisiones al respecto? Este sector está lleno de grandes profesionales capaces de plantear propuestas a largo plazo que permitan atender de manera sostenible las necesidades del público y de las obras, fomentar su investigación y aportar las acciones necesarias para su acercamiento y conocimiento entre todos los usuarios. No sólo esos profesionales merecen una escucha atenta por aquella tarea en la que se han especializado durante años, es que el propio patrimonio y todos nosotros como usuarios nos beneficiaríamos al recibir sus reflexiones, valoraciones y propuestas. Quienes se preocupan sólo de la rentabilidad económica, ¿no se dan cuenta de que no resuelven las necesidades de ese patrimonio que gestionan y de esos visitantes que tan generosamente les llenan los bolsillos?

¿Por qué se permite que sean los fabricantes de tornillos quienes tomen las decisiones?

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