El evangelio según Sorrentino

silvio

Loro (Paolo Sorrentino, 2018)

Primer plano de una oveja adormilada.

Abrir así una película sobre Berlusconi invita a interpretar la presencia del animal como símbolo del pueblo adocenado y cómodo que vota en masa al político y defiende sin demasiada reflexión al personaje por encima de la persona. La oveja echa a andar por una verde pradera sarda, para terminar entrando en la mansión del protagonista de la película y, tras pocos minutos de sufrir el aire acondicionado y el absurdo programa televisivo de uno de los canales del magnate italiano, cae irremediablemente muerta. ¿Hemos interpretado bien o estamos asumiendo un tópico que no corresponde?

Para descubrirlo, debemos esperar al plano final de la cinta: una escultura de Cristo, recién rescatada de una iglesia en ruinas tras el terremoto de L’Aquila, yace sobre una pila de escombros ante la mirada fervorosa del pueblo.

Son el miembro del rebaño que necesita ser pastoreado, que aspira a acercarse al mesías, y el pastor.

Ahora sí vemos claramente la simbología religiosa. Y, aunque este imaginario no es extraño en la trayectoria de Sorrentino, sí tiene un sentido muy diferente al de otras ocasiones: no alude con estas imágenes a conceptos universales y abstractos para construir una metáfora global, como en La grande bellezza; tampoco es el ejercicio de cultismo preciosista en busca de una genealogía simbólica de tradición católica, como en The Young Pope. En esta ocasión, son más bien marcas de apertura y cierre para que situemos el relato: es un relato mesiánico.

Paolo Sorrentino se acerca a Silvio Berlusconi como lo haría un evangelista que glosa su figura para la posteridad: con la distancia de aquel que nunca podrá alcanzar al mesías. Una figura que aparece, la mayor parte de las veces, vista a través de los ojos de sus discípulos y seguidores, mediatizada y ensalzada, desde abajo.

No en vano, la historia se inicia poniendo el foco en Sergio Morra, un personaje cuya principal motivación es el ansia por alcanzar la figura inalcanzable de Silvio. Tras acompañarle durante un buen trecho, la presencia de Morra se desvanece de la trama cuando parece a punto de rozar su objetivo. Mientras lo hemos acompañado, hemos conocido el mundo que se mueve alrededor de Silvio, el tipo de personas arribistas, de ambición desmedida, que buscan este acercamiento, sus intereses, su fascinación. Nos ha permitido también contemplar el tipo de anzuelo que se le prepara a este mesías popular para atraer su atención, atendiendo a su proverbial pasión por las mujeres: un personaje colectivo compuesto por un nutrido grupo de jóvenes de cuerpos perfectos, según el canon de belleza occidental, gimnastas, bailarinas, actrices o modelos frustradas, que se ofrece insistente como trofeo y fuente de placer para el líder.

En esta exhibición de cuerpos femeninos, con una clara connotación utilitaria, de mujeres sin seso sobre las que no se muestra mayor interés que el físico, es preciso dudar de la complicidad del director con esa mirada machista inherente a nuestra cultura. Sin embargo, a pesar del rechazo inicial -y quizá reflexionando sobre las causas del rechazo que Sorrentino logra provocar-, entiendo que la capacidad del director de incomodar con estas imágenes encierra su buena dosis de crítica hacia esta mercantilización de la carne. Es más, incluso en esas secuencias que destacan por construir una imagen con voluntad estética a partir de los cuerpos de las mujeres, como ocurre durante la larga fiesta de Villa Morena, esa estética está desarrollada desde el feísmo y la distancia. Para lograrlo, por ejemplo, introduce un narrador inesperado para contarnos en tono científico, de documental, los efectos físicos que provocan las drogas.

Poniendo distancia, Sorrentino construye la imagen de Silvio, un personaje ajeno, casi extraterrestre desde nuestra mirada, con el que somos incapaces de crear un vínculo: una imagen de extrema alteridad que explica el título de la película, Loro: en italiano, ese pronombre referido a la tercera persona del plural.

Otro de los recursos que emplea para reconstruir la figura del líder es rescatar sus hitos, sus Greatest Hits, esos rasgos populares, que lo convirtieron en «algo más que un político cualquiera», desde la perspectiva de los propios italianos: su faceta como cantante, presidente de un equipo de fútbol, empresario, propietario de cadenas de televisión…

silvio cantante

Hay que tenerlo claro. No vamos a encontrar la caricatura del personaje tal como lo hemos conocido desde España, ni demasiadas referencias a tramas de corrupción, ni la explicación de sus vínculos con la mafia, ni sus salidas de tono entrando por teléfono a corregir lo que de él se decía en los programas de televisión: esa sería una reflexión analítica y racional que la película no tiene interés en abordar. Al contrario, busca con fruición aquellos recuerdos colectivos anclados en la memoria emocional de los italianos, como su visita a L’Aquila tras el terremoto o la canción que utilizó para una de sus campañas, que se recrea en esta ocasión en el formato paródico de un videoclip: Menos mal que está Silvio. Un género, por cierto, en el que casi habría que enmarcar toda la película, por la cantidad de momentos musicales que incluye y por su propio ritmo y cadencia como conjunto.

Acercarse al personaje tanto como para tocarlo es conseguir que desaparezca, igual que caen los efectos ilusionistas de un triste Mago de Oz. Esta decepción queda encarnada en la figura de su esposa, Veronica, la única que ha logrado lo que todos quieren y la única que muestra un total desapego y desinterés por Silvio. El mito deja de serlo cuando se hace humano.

El propio personaje tiende a contemplarse a sí mismo como un salvador, de la patria y de sí mismo, aunque cuando logra alcanzar sus metas, cuando logra dominar todo el poder posible, es incapaz de utilizarlo: como un dios caprichoso que no entendiera para qué le han otorgado sus poderes o, sencillamente, qué más da.

En este juego de matices, entre la ambición, el ingenio, la caricatura y el patetismo del personaje, conviene destacar el trabajo de Toni Servillo, para el que cualquier reseña se quedaría corta. Sobresaliente es la escena en que interpreta a dos personajes, a Silvio y a su socio Ennio, dándonos una lección básica de populismo.

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