Callo en el corazón

«Me quedé dormido hilvanando constelaciones», dictó el profesor para que los alumnos practicaran el análisis morfosintáctico. Era una de aquellas clases de educación para adultos y, mientras anotaba despacio, minuciosa, la anciana sintió el callo en el dedo corazón por su eterna negativa a usar dedal. Se preguntó si el autor de aquella frase, si alguno de esos literatos que vierten su mirada poética al mundo desde la distancia de una constelación, habría cogido alguna vez un hilván.

Este micorrelato que escribí la semana pasada, titulado Callo en el corazón, resultó ayer lunes el ganador semanal del concurso de Relatos en cadena que organiza la Escuela de Escritores en colaboración con la Cadena Ser.

No sé si conocéis la mecánica del concurso, pero es bien sencilla. Consiste en escribir un relato de 100 palabras o menos, con un inicio forzado: la última frase del relato ganador la semana anterior.

Cuando Borja me habló de este concurso me dio una pereza enorme participar: nunca me ha gustado hacer ejercicios de estilo, ni juegos de escritura, ni nada que se le parezca. Aunque suene a tópico, mi escritura nace de la necesidad íntima de transmitir aquello que me importa o que me conmueve. Así que siempre me ha parecido imposible hacerlo desde unas reglas establecidas por otros. Además, bastante trabajo tenía ya, bastantes cosas que escribir por obligación, como para asumir más.

La frase de inicio tampoco ayudaba: «me quedé dormido hilvanando constelaciones». Sin haber leído el relato ganador de la semana anterior -donde la frase sí tiene sentido- y por tanto sin contexto, me pareció un tópico utilizar el verbo «hilvanar» con sentido metafórico y llevar algo tan humilde y cotidiano como la costura a un ámbito estratosférico.

Fue de esa crítica de donde nació la idea del microrrelato. Ahí sí que encontré el impulso y la necesidad: la necesidad de hablar de esas madres y abuelas que han hecho durante generaciones esa labor callada -y es curioso que se emplee el término «labor» no sólo como sinónimo de «trabajo», sino también con el sentido de «obra de coser». Recordé a mi madre cosiendo y a cómo tuvo siempre el empeño fallido de transmitirme esa práctica para la que soy una completa inútil. Ella hilvanó mucho, pero nunca constelaciones. Y como ella, tantas que hicieron ese trabajo invisible para que el mundo siguiera girando: teniéndonos listos a todos los vestidos nuevos, la ropa limpia y planchada, la comida caliente en la mesa. Un esfuerzo que pocas veces recibió agradecimiento y que, con mucha frecuencia, les negó cualquier otro aprendizaje y disfrute de la vida.

Imaginé a esas señoras ya de mucha edad, liberadas por fin de toda carga cuando los nidos se quedan vacíos, retomando sus vidas, queriendo volver a estudiar. Y me pregunté qué pensaría una de esas mujeres que tanto había debido coser al encontrarse ese verbo, esa frase.

Al final, el juego propuesto me sirvió para encontrar un ancla en mis emociones y transmitir aquello que necesitaba.

Aquí, el corte del programa La Ventana, que acoge la lectura y votación de los finalistas semanales.

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