Poetuiteros, poetfluencers, instapoetas y demás elementos: escritores y redes sociales

Ayer me hicieron una entrevista para el programa de Canal Sur En Red. El tema era la relación entre escritores y redes sociales. En concreto, me preguntaron por el uso que yo hacía como escritora de este medio y sus ventajas.

La propuesta de participar en este programa surgió a través de un amigo que tenía un contacto que conocía a la redactora que me entrevistó, una de esas carambolas que constata la teoría de los seis grados de separación y que son tan habituales cuando se trata de buscar entrevistados. Pero estaba segura de que tanto mi amigo como su contacto debían conocer a muchísimas más poetas -era ese el perfil buscado- que dieran más y mejor uso a sus redes sociales, que las miraran con mejores ojos y con menos recelo. Así que desde el primer momento temí no ser el perfil idóneo para la entrevista. Sin embargo, el tema me interesa muchísimo: ¡tiene tanto que debatir! De manera que me decidí a ir a hablar del asunto y, cómo no, la entrevista se me hizo muy corta y me quedé con un montón de ideas que expresar.

Con las redes sociales tengo una relación incómoda y ambivalente. No soy una early adopter, porque me cuesta adaptarme a las innovaciones tecnológicas. Me provocan una pereza enorme porque me exigen de antemano un aprendizaje imprescindible para responder a una necesidad que, la verdad, nunca he tenido: se la han sacado de la manga y lo estoy viendo, pero bueno. A pesar de ello, reconozco el interés social, empresarial y comunicativo de estas herramientas. Tanto que hace unos años hice un curso de Community manager y traté de complementar mi formación por ese camino. Debe ser cosa de mi curiosidad, de haber presenciado el nacimiento y crecimiento acelerado de esta especie de alien-digital-cargadito-de-información-y-ruido del que ahora, ya, no podemos prescindir: estamos atados (en las tinieblas).

De hecho, yo misma empecé a escribir mi primer blog en 2005, hace ya 13 años. Ya entonces comprobé todo lo bueno y lo malo de aquello: el veneno de considerar los comentarios elogiosos como un reconocimiento importante; el error de confundir la privacidad e intimidad de espacios y lenguajes en la jungla digital abierta que vivimos; la diversión de jugar a escribir con nuevas herramientas; la calidez de encontrar conexión en un mundo frío del que no habríamos esperado más que silencio…

Pero ya han pasado esos años de la ingenuidad, de escribir en el blog por mero placer, de compartir con desconocidos sin buscar con descaro una compra posterior. O eso es lo que yo veo cuando pienso en las redes sociales en la actualidad: hemos aprendido a usarlas y ya nada es inocente y casual. Todo tiene una intención y esa intención suele ser vender. Las redes sociales se han convertido en un gran escaparate.

Así que vincular ese tema con el de la escritura es delicado. Más aún cuando vivimos esa moda explosiva de construir escritores a partir de perfiles de usuarios -más que personas- con un gran número de seguidores. En este tipo de movimientos, las editoriales cuyo objetivo único es vender no ven más que ventajas: tienen el trabajo de marketing hecho y se ahorran un dinero al contar con la compra segura de esta base fiel de seguidores. Poco importa que los perfiles escogidos sean escritores o no.

En cualquier caso, este fenómeno no es nuevo: lleva décadas ocurriendo con los personajes de la tele que se meten a escribir libros -si es que lo hacen ellos- sólo porque son famosos y las editoriales saben que tienen su público, que sí o sí, independientemente del contenido de sus páginas, esos libros se van a vender. Es una apuesta segura y, desde mi punto de vista, hecha con muy poco escrúpulos.

Supongo que es legítimo. Al fin y al cabo, una editorial no es más que una empresa que crea libros con el fin de sacar un beneficio económico, ¿no? Y quizá es que tengo una visión romántica de la labor editorial. Pero, desde mi punto de vista, la principal misión de las editoriales debería ser buscar y encontrar esos textos valiosos, que todos necesitaríamos conocer aunque todavía no lo sepamos, y sacarlos a la luz: acompañar a los escritores en el proceso de convertir ese texto en libro, ayudarles a hacerlos germinar y nacer, volcarse en compartirlo… Como si encontráramos una joya que sólo es capaz de brillar con su auténtico valor cuando los demás alcanzan a contemplar su belleza. Con la misma alegría y el mismo amor por la literatura. Puede que ya nadie, o muy pocos, hagan eso. ¿Para qué?

Las editoriales que publican a los poetuiteros, poetfluencers, instapoetas o como quiera que se llamen no hacen más que aprovechar una oportunidad de negocio surgida por una tendencia a exhibirse que casi parece condición sine qua non del uso de las redes sociales. Porque, ¿cuál es el motivo que nos empuja a publicar nuestros poemas -o lo que sea- en redes sociales?

Cuanto más lo pienso, lo comparo a subirme en el banco de un parque a gritar mis versos. Y esa imagen me provoca, más que nada, vergüenza. Me pregunto a santo de qué voy a ir yo a molestar a los demás con mis cosas. Pero quizá haya gente menos tímida, más extrovertida y con más necesidad de compartir. No dejo de pensar que quien es poco sociable, como yo lo soy en el mundo físico, lo es también en el mundo digital.

Quizá, en ocasiones, -y esto lo he vivido en primera persona- nos emocionamos tanto con un hallazgo, sobre todo tras atravesar desiertos en la búsqueda de la palabra exacta, que necesitamos entregarlo de manera directa y sin intermediarios a los demás. Y esos «demás», esos otros, pueden ser los amigos y familia que conforman nuestro círculo cercano, aquellos a quienes queremos y están a kilómetros de distancia. O puede que sea un «otro» indeterminado, porque en ese círculo cercano no escucha nadie y necesitamos un latido al otro lado de la pantalla para sentirnos un poco menos solos. No es baladí. De hecho, es el argumento que suelo ofrecer cuando me preguntan por qué escribo, además del clásico «porque se me da mal hablar»: para sentirme menos sola.

La gran diferencia está justo en el medio que usamos. Cuando una escribe en su blog, al menos a mí me ocurre, lo hace en un espacio personal que el lector puede visitar o no, según su deseo. No tengo la sensación de invadir a nadie. Plantarme en el muro de Facebook de alguien y colgarle mis cosas, enlazar a alguien en las menciones de Twitter… Todo eso es agresivo. Una enorme y agresiva estrategia de promoción. Y mucha gente lo hace.

Y aquí venimos con el gran tema: porque no es sólo un problema de editoriales que aprovechan una tendencia exhibicionista; el problema es también de las personas que quieren publicar a toda costa y alimentan esta tendencia, conociendo de antemano el resultado. ¿Hablamos de bots? ¿Hablamos de páginas profesionales y anuncios segmentados en Facebook? ¿Hablamos de currículos hinchados en Wikipedia? ¿Hablamos de gente que sabe mucho más de marketing que de escribir? Yo creo que no hace falta. Al final parece que se trata de un concurso de popularidad que, además, permite sus trampas.

Aún así, siento la necesidad de esforzarme en responder esa pregunta que la redactora me lanzaba una y otra vez, mientras yo me quedaba pensativa y balbuceaba sin ton ni son por no dejarla con mi silencio: ¿qué es lo positivo del uso de las redes sociales que podéis hacer los escritores?

Es cierto que facilita la comunicación de los eventos que organizamos, recitales o presentaciones en que participamos.

Si pienso en redes concretas, Twitter es una herramienta fantástica para la conversación y permite conocer la opinión de infinidad de profesionales que están ahí, ofreciendo de manera altruista todo su conocimiento: quizá por eso en esta red leo mucho más de lo que escribo. Pero también es una herramienta peculiar que genera distintas maneras de trabajar con el lenguaje, retorcerlo, afilarlo y darle forma: para los escritores puede convertirse en un reto cada vez más complejo y divertido, gracias a la posibilidad de crear hilos o insertar elementos multimedia. Obliga a repensar el lenguaje. Diría que de Twitter valoro ante todo su capacidad para ponernos en contacto y para animarnos a ser creativos con todos sus recursos.

Y los blogs no dejan de ser -nunca han dejado de serlo- ese espacio de reflexión personal que, al mismo tiempo, puede estar al alcance de cualquiera que se lo encuentre. O que lo busque. Ese mensaje en una botella.

Si tengo que buscar buenas razones para usar y seguir usando redes sociales podría decir que quizá alguien haya conocido a través de este medio lo que escribo, no lo sé. Eso me haría una gran ilusión, aunque parezca una incoherencia con respecto a todo lo escrito anteriormente. Pero es así: mi prioridad no es vender libros, claro que no, aunque sí me gustaría que me leyeran, por supuesto. ¿Por qué? Ya lo he dicho: para sentirme un poco menos sola.

¿Qué pensáis vosotros? ¿Hay alguien al otro lado?

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2 respuestas a Poetuiteros, poetfluencers, instapoetas y demás elementos: escritores y redes sociales

  1. bdediego dijo:

    Me siento muy identificado con este post. Las redes sociales son una buena herramienta para comunicarnos, para estar en contacto, y un buen escaparate, tal y como han señalado en no pocas ocasiones las generaciones anteriores. Pero de ahí a convertirlo en un sector propio o un campo de trabajo hay un trecho que no debería haberse cruzado nunca. El valor literario nunca va a estar en que te sigan más o menos personas. Quien se haya creído esta mentira está perjudicando gravemente al sector editorial. Y por supuesto, pensar que la presencia en redes sociales resuelve el trabajo de difusión es criminal. Como resultado nos deja editores a la caza del ‘autor novel’, porque el que no es novel no pica, que publican para cosechar y listo. Y no, señores. El trabajo editorial es mucho más. Menospreciar la tarea es menospreciar el sector.

  2. Pienso que el problema no es tanto el soporte en sí como el contenido de lo que se publica (sea a través de editoriales, de blogs o de redes sociales). El propio sistema en el que vivimos está en un punto tan álgido que crea productos de productos. Me explico: en este sistema, las personas somos mercantilizadas, algo a lo que contribuyen las redes sociales, y en ese proceso de mercantilización , de deshumanización, vamos perdiendo aspectos esenciales (el pensamiento crítico, el sentido estético, los sentimientos complejos). Erich Fromm hablaba de la sustitución del yo original por un pseudoyo y, por tanto, de la sustitución de los pensamientos, sentimientos y deseos originales por otros que vienen dados desde afuera y que no tienen esa profundidad de lo real. Otros autores ven en nuestra época el “desmoronamiento de las sociedades modernas”. El humano mercantilizado no puede crear arte; solo puede crear productos que alimentan la misma máquina que le ha creado a él. En resumen: el yo original crea arte y su finalidad no es ganar dinero, sino su propia expansión; en cambio, el humano-producto crea productos recurriendo, consciente o inconscientemente, a fórmulas que funcionan. Quizás el ejemplo más claro lo tenemos en la música, pero en la literatura también lo podemos ver.
    Por eso considero de gran importancia reflexiones como la tuya, para que la reacción ante estas modas no sea el silencio (ni tampoco la censura).
    Un saludo.

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