Desde mi periferia

Hace unos días soñé con un compañero del sector audiovisual que está trabajando en Madrid. Durante el sueño, le recriminaba que hubiera abandonado Sevilla en busca de su futuro profesional, de unas condiciones de vida y trabajo dignos. Le acusaba a gritos de ser un egoísta, un individualista que había renunciado a trabajar por el bien común, por el colectivo, buscando sólo su propio beneficio. Y sálvese quien pueda.

Al despertar, aún sorprendida porque un pensamiento tan comprometido me asaltara en sueños, con la vehemencia suficiente como para avasallar a una persona que sólo ha tratado de hacer su camino lo mejor posible, pensé que todas esas ideas podían estar relacionadas con mi experiencia de esta ciudad donde vivo y, concretamente, con un episodio muy reciente ocurrido a partir de la limpieza de mi biblioteca.

Mi biblioteca no es sólo mía: es herencia de tres «bibliotecas». En ella se incluyen los libros que dejaron mis padres al fallecer y los que, siendo de mi hermano, no quiere llevarse por no acumular más volúmenes en su casa. Entre esos libros que no son míos, los hay de todo tipo y condición: libros de cocina, enciclopedias desactualizadas, best sellers, libros de idiomas, escolares o de viajes… Los miro y, pensando en la falta de espacio, soy capaz de reconocerme a mí misma que nunca los voy a leer, que por más que me traigan el recuerdo de mi familia nunca les voy a dar otro uso. Así que es hora de buscarles otro destino.

Hace unas semanas empecé a plantearme donarlos a alguna biblioteca y, estando en mi barrio para hacer una gestión, se me ocurrió la genial idea de buscar el centro cívico que me corresponde y ofrecerlos allí. ¿Qué sentido tenía llevarlos a cualquier biblioteca del centro, superpoblada de ejemplares y harta de recibir las donaciones de la mayoría? No, era preferible que esos libros encontraran un hogar en el barrio, que fueran accesibles a la gente de aquí. Me decía: «los libros del barrio se quedan en el barrio». Y como eslogan incluso sonaba bien en mi cabeza.

Debo aclarar que, aunque pueda parecer extraño, no suelo estar en mi barrio más que cuando estoy dentro de mi casa. Pero este episodio me obligó a recorrerlo, a asumir que apenas lo conozco y no lo vivo en absoluto, a reflexionar sobre ello, preguntarme los porqués y buscar soluciones. La razón es sencilla: vivo en el Distrito Sur, relativamente cerca de las 3000 viviendas.

En cuanto empecé a preguntar a los primeros vecinos, me di cuenta de que el centro cívico estaba en una zona en la que nunca me había adentrado. Lo habitual para mí al salir de mi casa es dirigirme al norte, siempre al norte, porque hacia el norte está el centro de la ciudad y, al norte del centro, toda la actividad cultural que me interesa. En mi barrio, sin embargo, parece que nunca ocurre nada y, por tanto, no se me ocurren cosas que hacer ni razones para quedarme más que estar en mi propia casa. Mi barrio es ese lugar donde me cuesta encontrar negocios que a mí me parecen tan imprescindibles como una papelería o una librería; donde no sabría indicar una cafetería agradable para ir a merendar productos artesanos; donde no hay -quizá esto sea ya mucho pedir- recitales de poesía o conciertos. Todo lo que sí ocurre al norte.

El camino que estaba haciendo entonces, sin embargo, me llevaba al sur, al sur del sur. Lo hice con miedo, en parte por mi desconocimiento del lugar -y eso me habría pasado en cualquier otro barrio, porque esa es mi condición- y en parte, no voy a negarlo, por mis prejuicios. Porque lo único que sé de ese barrio tan cercano al mío es lo que cuentan las noticias y las estadísticas. Nada bueno.

A pesar de las miradas de recelo de algunos residentes ante una forastera notoria como era yo, la mayor parte de la gente con la que me crucé y a quien pregunté fue muy amable y me explicó con detalle cómo llegar. Ese camino fue mucho más tranquilo y anodino de lo que había previsto mi imaginación, afortunadamente. La gestión con la biblioteca del centro cívico fue, en cierta medida, infructuosa.

Pero lo más importante de esta experiencia es que me hizo pensar en este páramo cultural que parecemos sufrir aquí, en el sur del sur, en Sevilla, en Andalucía. Somos la periferia y vivimos con esa sensación de que aquí no hay nada y nada se puede hacer. Y a pesar de nuestro talento y nuestras ganas, nuestra única solución es huir al norte, allá donde nos valoran. Quizá podamos regresar, una vez ganada esa preciada estabilidad, una vez sancionada nuestra valía por esa gente de fuera que sabe más que nosotros. Quizá entonces seamos profetas en nuestra tierra y, si tenemos suficiente capacidad, incluso hagamos algo por plantar aquí una semilla.

Pero mientras tanto, parece que no hay más opciones para sobrevivir: todo es huir al norte. Y lo hacemos los sevillanos que no somos del centro ni del norte, sino de barrios del sur o del este, y que en nuestra propia ciudad nos percibimos como periferia. Pero lo hacemos, en general, todos los que desde el sur queremos cruzar esa frontera que es Despeñaperros, sabiendo que algunos de los que allí andan podrán escucharnos y valorarnos.

No dejo de pensar que es necesario que, quienes trabajamos y defendemos la cultura desde el sur, habiendo crecido y habiéndonos alimentado en el sur, no lo hagamos sólo para el norte. Es duro vivir en la periferia y perder dos o tres horas cada día en el autobús. Pero lo es ante todo por no encontrar opciones en el barrio. Todos los barrios deberían tener la misma cantidad y calidad de servicios, las mismas posibilidades de acceso a la cultura. Y, aunque me consta que en gran medida se necesita la iniciativa privada para fomentarla, también se debe hacer un esfuerzo desde lo público.

A raíz de esto, me preguntaba qué puedo hacer yo por mi barrio, cómo puedo hacer que mi barrio se parezca un poco más a lo que me gustaría. Y todavía no he diseñado un plan, pero lo haré: es imprescindible que esos libros -y tantos otros- dejen de ser simplemente papel y se conviertan en lecturas.

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