Una reflexión más sobre el cartel del SEFF17

La bola de nieve sobre el cartel del SEFF17 no deja de crecer. Desde que el viernes por la tarde empezó a circular la portada de Walter Popp que emplea la artista María Cañas como imagen de base para el cartel, los gestos de sorpresa, los mensajes indignados -sobre todo por parte de artistas y diseñadores «no adjudicatarios»- y la defensa a ultranza del acto apropiacionista como legítima estrategia creativa -sobre todo, desde el entorno del SEFF y de la artista y por parte de especialistas en arte contemporáneo- se han ido alimentando mutuamente, engordando al gigante de la polémica.

Yo estuve en la presentación de ese cartel, el viernes a mediodía, y ya entonces me sorprendió comprobar las emociones que despertaba. Conforme se descubrió ante la prensa y después de unos tímidos aplausos -nada de rotundidad, ni unanimidad-, sólo conseguía oír a mi alrededor palabras elogiosas y quizá un poco despistadas: «es brutal, el cartel es brutal, me encanta» o «qué maravilla de obra, por fin un cartel que expresa lo que pretende transmitir el festival». Yo no entendía nada. A mí, como cartel, me parecía mediocre: no me transmitía nada, me dejaba indiferente. Tal como le comenté a mi acompañante en ese momento, una imagen así podía ser atractiva, incluso revolucionaria, hace cincuenta o sesenta años. No iba desencaminada en la fecha. No hacía más que pensar que debía ser una reinterpretación de aquellos míticos carteles de películas de ciencia-ficción de serie B de los años 50. Entendía que se había reutilizado. Pero no entendía por qué específicamente aquella imagen, qué aportaba esa mujer desmayada y sexualizada emergiendo de un ojo. ¿Se trata de que las mujeres somos objeto de la mirada de otros? ¿Reivindicar eso es feminista? ¿La idea del celuloide quemado, que apenas se distingue en un primer vistazo, trata de ser una crítica a esa imagen de referencia? ¿Usar una imagen popular de la cultura estadounidense tiene sentido en un festival europeo? Me he perdido.

Seff17

María Cañas no explicó nada de esto en su presentación de la obra. Visiblemente nerviosa, la artista intentó hilar una serie de conceptos como el carácter inflamable del celuloide y el cine en resistencia. Se mencionaron ideas como «parto ocular», que ninguna persona con capacidad de parir habría podido imaginar siquiera sin sentir arcadas. Pero, ni palabra de la imagen de referencia. Aquello terminó siendo una parrafada ininteligible, un batiburrillo sin sentido, muy al estilo de algunos catálogos de arte contemporáneo. Y concluyó con una referencia a las «19 versiones» previas para llegar a esta imagen. Ese dato fue lo que me convenció de que aquella intervención formaba parte del espectáculo y que se trataba de una gamberrada, de una crítica a la manera de funcionar del arte actual. Pero parece que me equivocaba. Así lo demuestran las justificaciones posteriores.

Por eso, cuando horas después me enseñaron por fin la imagen de referencia, no me inmuté. Creí que el uso era intencionado. Me parecía lógico que existiera esa fuente y sólo era capaz de preguntarme por qué la artista no la había citado durante la presentación. También, por qué no había explicado la intención de esa cita. De hecho, como historiadora del arte, pensando en la deriva del arte actual, me planteaba posibles explicaciones a este uso y posterior justificación del cartel:

  • Que la artista hubiera usado esta imagen siendo plenamente consciente de su procedencia, uso y significado anterior, que hubiera querido descontextualizarla y resignificarla, una estrategia creativa que es empleada y legítima en el mundo del arte desde hace más de un siglo. Sin embargo, si hubiera sido así, en mi opinión, debería haber reconocido esa autoría, uso y origen, porque sólo así tiene sentido el cambio de contexto: tomar un elemento que se conoce bien y desmontar su significado para otorgarle otro. Además, debería haberlo explicado, sin titubear, durante la presentación. Porque ahora a todos los que intentábamos comprender una apropiación que podría ser legítima, nos asalta la duda: ¿por qué vincular el pulp con el SEFF? ¿Cuál es el uso que se propone al cuerpo femenino? En definitiva, ¿por qué esta imagen y no cualquier otra?
  • Que la artista hubiera usado esta imagen sin conocer, ni valorar, su procedencia y autoría, como parte de un gesto mayor, de alcance político y crítico con las tendencias de la creación contemporánea: una apropiación, en este caso prácticamente ilegítima, que sumada al discurso ininteligible y la «broma» de las 19 versiones, constituyera toda una performance orientada a reflexionar sobre el arte contemporáneo, el uso y difusión de las imágenes populares como parte de una cultura de la remezcla -los memes son un buen ejemplo-, un rechazo al elitismo de la figura del autor y la palabrería «de catálogo». Pero, siendo este un acto legítimo de la artista, ¿es lo que quiere el SEFF para su difusión? Y si es así, ¿por qué no se ha llevado la gamberrada hasta el final? ¿Por qué nadie ha dicho «no nos importa el autor, vamos contra la cultura de las élites»? ¿Por qué no se ha desvinculado la artista de la autoría? «Yo no tengo nada que ver, sólo soy un canal» habría sido una respuesta inteligente. Si vamos a ser radicales, seamos también valientes hasta el final.
  • Que la artista hubiera usado esta imagen sin conocer, ni valorar, su procedencia y autoría, sólo por su aspecto estético -en el sentido superficial y decorativo-, sin mayores reflexiones; sin querer hacer ningún gesto revolucionario que criticase el mundo de la creación contemporánea y sus implicaciones; sin preguntarse por qué una mujer con ese aspecto saliendo de un ojo, por qué una imagen de esa corriente estética concreta.

Las explicaciones y justificaciones posteriores parecen dar sentido sólo a esta última opción. Reconocen la autoría de Walter Popp para la imagen empleada, pero no explican por qué no se citó en la presentación. Tampoco, qué se pretende con ella. Si queremos resignificar, ¿no será imprescindible explicar ese nuevo significado? En esta ocasión, no se ha hecho: decir «me gusta el pulp» no es explicar ningún significado. Leyendo todo el hilo de reacciones desde la organización del SEFF, desde la sonrojante felicitación a una usuaria de Twitter por encontrar el objet trouvé hasta la entrevista que trata de reivindicar -tarde y torpemente- la autoría de Popp, parece todo producto de la improvisación cuando se ha descubierto el pastel. Algo que no habría ocurrido de haber sido un gesto creativo planteado con una base conceptual sólida y con una intención comunicativa clara desde la organización del festival.

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