Lady Macbeth o negar la educación de las mujeres

Imaginad una chica de hoy que, por obra y arte de la ciencia ficción, logra viajar en el tiempo y cae, pobrecita de ella, en la Inglaterra del siglo XIX, aquella donde la principal preocupación de los lores consistía en conservar o aumentar su patrimonio rural a golpe de matrimonio, embarazo y descendencia, ignorando que el contexto económico y social iba ya por otro camino: el camino de las ciudades donde crecía una industria sin medida ni concierto. Esa chica de hoy, poco más que una adolescente, de las que ven Jersey Shore, de las que de mayores quieren ser como Rihanna, se habría asfixiado al ser vendida al mejor postor. Mucho más allá del mero aburrimiento de una vida al servicio de su marido y de su casa, de la que podría considerarse prisionera y mueble decorativo, tras los primeros signos de violencia de sus propietarios —su familia política— habría reventado como una bomba sin temporizador, llevándose por delante lo que encontrara a su paso. Incluso, carente de toda empatía, podría haberse convertido en una asesina ansiosa de venganza contra todos los que ejercían esa violencia claustrofóbica que se había visto obligada a soportar; una psicópata capaz de masacrar a quien osara interponerse entre ella y su objeto de deseo, pongamos, un amante, por ejemplo. Y, a pesar del horror, todos habríamos comprendido el proceso de pensamiento, la pérdida de la cordura, el camino de la violencia. El choque cultural es desmesurado.

Lady Macbeth

El problema de esta película es que no trataba de viajes en el tiempo. De ser así, habría resultado mucho más creíble.

Lady Macbeth (W. Oldroyd, 2017) anticipa ya en su título que el mal, la culpa y la violencia tienen nombre de mujer. Pero el desarrollo y reacciones del personaje protagonista ante la violencia heteropatriarcal del siglo XIX inglés son incomprensibles en su contexto: es un ejercicio de negación de la educación sentimental de las mujeres en aquel tiempo y lugar.

Incluso a las mujeres de hoy, al menos las que hemos superado ya la adolescencia, se nos ha repetido en mil ocasiones cómo se sienta una señorita, cómo habla una señorita, cuándo hacerlo —sólo cuando una es preguntada directamente o aguardando paciente al turno de palabra— y qué debe esperar de la vida y del matrimonio. Nada de esto parece haberle ocurrido al personaje de Katherine Lester. No es sólo que nos hayan adiestrado, por repetición y miedo al castigo, en ese canon femenino. Es que además nosotras mismas, de madres a hijas, hemos incorporado ese comportamiento de apariencia amable, obediente, silenciosa, ante todo cómoda para el patrón, como estrategia de supervivencia. Durante siglos, las mujeres hemos aprendido que adaptarnos era la única manera segura de sobrevivir. No sólo hemos aprendido a tolerar cierto grado de violencia como un mal menor: como triste mecanismo de defensa ante una existencia que se sabe de antemano desgraciada e incompleta, hemos llegado a convencernos también de que esa violencia es síntoma del auténtico amor, que es nuestro destino vital. Y con ello hemos aprendido a desearlo.

Viendo ayer Lady Macbeth no dejaba de pensar en otra película —en ninguno de los dos casos he leído las novelas que las originan— que retrata esa sociedad inglesa decimonónica y el papel de la mujer: Sentido y sensibilidad. Aquella Marianne Dashwood interpretada por Kate Winslet se me venía una y otra vez a la cabeza como imagen de la rebeldía ante las normas. Pero qué rebeldía más pequeñita y mesurada, sólo por creer que una tenía derecho a amar libremente a quien eligiera. Y resultaba que aquel objeto de su amor, tachán, era justo un señor que ejercía sobre la mujer joven la sutil violencia de ese amor romántico, al aparecer y desaparecer de su vida según su interés egoísta. Esa locura y esas ganas de morir de amor constituían la creíble rebeldía a la que podían aspirar aquellas mujeres, quienes habían aprendido que ser ninguneadas era el primer y más claro gesto de aprecio.

Es por eso que esta mujer joven protagonista de Lady Macbeth, que ni siquiera hablaba, ni se sentaba, ni se movía como una mujer del siglo XIX, no podía resultarme en absoluto creíble. Me faltaba contexto: ¿de dónde había salido esta chica para no haber recibido esa educación durante toda su vida? Parece que, a quienes escriben estas cosas, hay que recordarles que, al poco de nacer, a las mujeres ya se nos está poniendo una muñeca en las manos para que creamos, de verdad, que lo nuestro, lo exclusivamente nuestro, es ser madres y nada más. Y eso hoy; imaginemos entonces. ¿Por qué se olvida todo esto en esta película?

No sólo el dolor de tanta violencia inútil me hizo salir ayer horrorizada del cine. Ante todo, me preocupó que no se retratara lo esencial de esta historia (femenina) nuestra: que la perversidad del sistema se encuentra, precisamente, en alentar nuestro deseo de ser violentadas.

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