No somos de aquí

Pasó casi catorce años, una cuarta parte de su vida, en una tierra extraña. Ni demasiado desconocida ni demasiado lejana. Y sin embargo, en esa época, el color negro de su pelo y sus ojos, sus rasgos agitanados, sus manos volátiles en espiral, el gusto por el cante y el baile, de un flamenco hondo y susurrado, el seseo exagerado de sus ces y sus zetas la señalaban como diferente.

Buscaba sin descanso ni consuelo una alegría ausente en la tierra donde todo está cerrado y oscuro a las ocho de la tarde y las familias comen día tras día piedras de miseria, ahorrando para una «finca» en el campo, en la playa.

Se supo extranjera. Y a mí, que di mis primeros pasos en esa tierra no tan lejana ni desconocida, en las grandes avenidas huérfanas y grises, me contagió la nostalgia de una casa natal que nunca conocí.

Y ahora no soy de ningún sitio, desarraigada. Y aunque sea útil y práctico mantener la sangre fría para contemplarlo todo con distancia y perspectiva, sacar conclusiones sin dejarse llevar por la emoción, también sé que desde aquí se atisba una brecha: el abismo de la soledad, la pena oscura de no pertenecer a nada ni a nadie.

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