Esos inventos del demonio

Para hacer un buen calendario
debe uno aplanar el relieve de sus días
hasta hacerlos finas hojas de papel,
de esas capaces de volar en el olvido
de los vientos de otoño,
mojarse y deshacerse en los charcos
de las expectativas ajenas
y la vida reglada,
arder en los deseos propios
hasta consumirse en cenizas
y dejar la cicatriz de la quemadura.
Pero ha de ser un papel de calidad,
poroso para absorber sin miedo
la tinta negra de los días grises,
la tinta roja de los festivos
que hay obligación de celebrar.
Y con las hojas elegidas
y los números impresos
debe uno repetir la secuencia
y ordenar el tiempo futuro
como si fuera materia, barro
que modelar en las manos,
con la ingenua creencia
de que la alegría no ensancha las horas,
de que la angustia no detiene los días,
como soberbios dioses perezosos
que se saben inmortales
y pueden escoger
todas sus certezas.

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