Rueda

Miro la rueda de mi bicicleta. La contemplo girar, abriendo camino hacia delante sin preguntas: hipnotizado solo por su movimiento constante, que parece saber a dónde va. Ella conduce mi coche. Hace ya un tiempo que la vi alejarse por la avenida. Mejor así: yo no he tenido que volver a casa de mis padres y el transporte en bicicleta es más ecológico. Era todo lo que hacía falta para llegar a un acuerdo. Por fin hemos podido firmar los papeles: por primera vez en años, todo estaba a su gusto. Acabamos de salir de la notaría y cada uno ha tomado su camino: así debe ser. Ya no le parece necesario que le revise el nivel de aceite o le eche gasolina antes de coger mi coche: ya ha aprendido a hacerlo sola. Tampoco, que le abra la puerta, le retire la silla, la arrope por las noches o le regale flores. Que cuide de ella como se merece, vamos. Todo eso le estorbaba ya desde hace años. Decía que esto no era un juego y que ella no era mi «muñequita». Pero así había empezado todo: con las flores que le llevé al hospital después de haberle roto la tibia en aquel cruce. Me armé de valor y de rosas, como debe hacer un caballero. Miro la rueda de mi bicicleta. No miro nada más: ni el tráfico a mi alrededor, ni el carril por donde circulo, ni el manillar, ni mi cuerpo. Me concentro en su giro. Y pienso que quizá hoy sea mi día de suerte, porque todo va sobre ruedas. Que quizá hoy tenga otro inesperado accidente.

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