Sin techo

Nadie me va a salvar
de mí misma.
Me arrincono sobre un tejado.
Sin techo que cubra
ningún hogar.

Soporta el cielo, niña.
Aguanta el cielo.

El agua crece,
la marea a punto
del desborde
pliega su piel flexible
en la orilla de cantos
rodados y gorriones,
en el eco cristalino
y afilado del vaso.
La lágrima resbala
subiendo
hasta borbotear.

Y todos cantamos abrazados,
buscándonos las manos,
ansiosos de piel,
sin comprender el mundo
abierto de par en par,
con todo su peso,
sobre nuestras cabezas.

Anhela el cielo, niña.
Sueña la nostalgia azul
como quien se despide
de un beso
que nunca más
va a volver a dar.

Porque los besos
no se repiten.
Porque siempre amamos
al moribundo
que expira en el otro
y en nosotros.

Recuerda el cielo, niña.
Que nunca supiste.

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