Varices

Unas venas duelen más que otras.
Y por todas circula la misma sangre
perezosa de los días,
impulsada por un corazón eléctrico
de acero, portátil,
que late sin pensar
como la marcha constante
de un motor de explosión
bien calibrado.
Pero en algunos rincones huecos,
enredados como nudos,
la sangre se detiene en meandros
lentos de fluir coagulado
y me pregunto
si fue la parsimonia la que ató
el nudo de la vena
o si quizá estaba el nudo hecho
y la sangre no tuvo más
remedio que aprender a recorrerlo
al ritmo impuesto por otros.
Pero en algunos tubos inflamados
el azul cianótico ahogado
sin riego ni oxígeno
es recuerdo sólo de la marea
sangrante enloquecida
detenida en seco por el dique artificial
más allá del túnel,
qué bonito embalse,
qué hipnótico paisaje.
Y mis tobillos tristes y abandonados evocan
el calor de aquellos calcetines
de suavidad perfecta
y demasiado ajustados.
Y me pregunto
si eran mis tobillos una hinchazón
fuera de la norma
o es que no busqué bien, no supe encontrar,
culpa mía siempre,
la talla y el modelo
que requería mi cuerpo.
Unas penas duelen más que otras,
aunque por ellas circule
la misma sangre
en esa red infinita
del cauce de mi cuerpo
que anda, a pesar de las huellas
y el dolor,
firmemente
cansada de apreturas.

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