Ciudades felices

En las ciudades felices
donde cada cenicienta cocina
perdiz escabechada
para su príncipe de vuelta
de su gris empleo de oficina
a su casita adosada,
en ese barrio residencial
sin panadería, ni quiosco, ni farmacia,
ni yonqui ansioso sobrevolando
las aceras en busca de su dosis,
ni gente indigente vistiendo
abrigos de siete inviernos
en primavera
con aroma de olvido,
ni loco o tonto o borracho
hablando a gritos a su teléfono móvil
por la plaza, que nunca se trazó
entre las casas adosadas,
a pesar de que está apagado o fuera de cobertura,
de que fue recogido en un contenedor
de basura
que nunca fue instalado
porque allí no se desechan componentes electrónicos,
ahí
los bomberos sólo sirven
para rescatar gatos negros
de las copas de los árboles,
esos que extienden sus ramas amenazantes
para acariciar los tejados a dos aguas,
porque ahí
no hay sol bastante
para llenar azoteas
pero llueve a menudo
y en invierno incluso nieva.
Y todos sabemos que los gatos negros
aterrorizados por las alarmas
de los coches que nadie intenta robar,
del coche de los bomberos avisados
de antemano
son solo inventos creados
por los psicópatas que soñaron
esas ciudades felices,
colocados allí, en las copas, como testigos,
como síntomas de una enfermedad
que no afecta a otros sentidos
ni causa dolor:
para recordar
que los gatos de verdad,
blancos o negros,
sólo son felices
cuando los bomberos les dejan
trepar a los árboles
a su gusto.

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