Credo

Nadie debe ser
perfecto.
Nadie levita, las palmas levantadas,
sobre un valle azul de coral
poblado de unicornios.
Nadie se desvanece
del inframundo rojo
para materializarse hecho tiempo
y segundos en la séptima dimensión.
Nadie resucita
al tercer día,
ni al primero,
ni después de una noche de borrachera,
ni al probar el ungüento
mágico,
ni al conocer los misterios
médicos del propio cuerpo.
Ni al comprender el mecanismo
de control que significa
creer en el descanso eterno.
Nadie se enamora
en el día del Juicio Final.
No hay tiempo para eso.
Y nadie cree
en el ángel caído,
que no caemos desde nuestras alas,
que no las llevamos puestas,
casi nunca,
y aún no hemos aprendido a volar.
Nadie elige sufrir
inventando el infinito.
Nadie elige sufrir
haciéndose finito.
Nadie quiere
seguir jugando
a escribir imposibles:
ya está todo dicho.
Nadie debe ser
perfecto.
Ni siquiera tú.
Perdónate,
aunque no sepas lo que haces.

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