Urbanitas

A veces te miro y no te reconozco.
Te abres a mí sin sorpresa,
con la pereza de romper el papel
de Navidad de un regalo
de la suegra,
encargado de antemano.
Y tus calles secas me arrastran
por las esquinas de restos de basura,
bailando en vórtices imposibles
de viento, me agarran
de los bolsillos a jirones
para abandonarme perdida
al inicio del camino que lleva
al mismo ojo de la cerradura
de la puerta verde de mi casa.
Pero otras, te ofreces entera
como la leche virgen,
como el regalo sin fecha
marcada en el calendario,
que gritaba mi nombre
en la etiqueta de sus ojos
sin que yo lo escuchara susurrar
ni lo reclamara,
solo porque era necesario
regarme los brazos de amor.
Y entonces tus calles me salpican,
me empapan el pelo
y me suben los muslos,
me llevan en volandas
a otras casas,
de otros, porque en todas ellas
hay un hogar.
Y yo te miro pálida,
desahuciada de mi cuerpo,
y me pregunto: ¿quiénes somos?
Nosotros, que tantas calles
hemos andado juntos.

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