Reflexiones después de asistir a un Slam Poetry

No se trata de hacer el pino puente
o revolverse escaleras abajo
imitando a la niña del exorcista
o ser Nadia Comaneci en el circo del sol
o primer violín en un concierto de Vivaldi.
No se trata de usar palíndromos cuando
queremos dar un golpe de efecto, ¡zas, literatura!,
o escribir caligramas o retorcer el ritmo
y cuestionar la rima y las palabras
de repetición frecuente en la poesía cursi, esa
poesía que siempre estuvo del lado
de los poetas sin poema, que siempre
tendremos quince años y amor que cantar:
mar, luna, sol, estrella.
/¡Pero tú no sabes cómo amo yo el mar!/
No se trata de poder recitar de carrerilla
los insignes nombres que orlan los trabajos
académicos sobre teoría de la comunicación.
O vomitar esas menudencias de tus higadillos
y hacerlas grandes, ostentosas, protagonista
de tu propia vida crecido en un escenario
que no te corresponde.
O hacer una escala de cosas hermosas que solo
lo son para tus ojos y querer treparla,
subir los peldaños hasta más allá de la cumbre,
porque tu propia cumbre no te basta.
O romper todas esas normas que todos
los jóvenes antes rompieron, creyendo
hacer algo nuevo. Lejos.
Se trata, solo, de conectar. Solo. Tanto.
De hacer algo tan difícil, inesperado,
como mirar a unos ojos y, quizá sin saber por qué,
con un involuntario chasquido de los dedos,
hallar la rápida dilatación
de las pupilas ajenas.

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