Autoeditarse o no autoeditarse

He ahí la cuestión. Para muchos, supongo. O no. No lo sé.

Lo que sé es que, a raíz de una publicación en mi muro Facebook, se ha abierto un interesante debate sobre el tema. Tanto que me ha parecido una pregunta digna de ser formulada a cualquier autor inédito.

Decía en mi publicación que había decidido renunciar a editar mi primer libro. Se trataba de un libro de relatos titulado Mapa del tesoro para dos jugadores. Ya sé que el título es un horror, pero me llevé semanas dándole vueltas sin encontrar mejor opción. Era eso o escoger el título de cualquiera de los relatos que integraba la obra, lo que no me parecía en absoluto representativo de su espíritu. Y tenía que titularlo sí o sí, cuanto antes. Porque debía entregarlo junto a la memoria, para mi trabajo de fin de máster.

Escribí ese libro en ese contexto, con esa función. Formó parte de mi proceso de aprendizaje. De hecho, durante la defensa ante el tribunal, argumenté que mi principal objetivo con ese trabajo narrativo era «hacer muñeca». Y espero que los pintores presentes en la sala me estén comprendiendo. Disfruté mucho de la escritura. Al tratarse de relatos y no de una obra narrativa mayor, me pude permitir el lujo de probar varios estilos, varias formas, experimentar. Me permitió darme cuenta de que, a pesar de esa voluntad experimental, había un magma subyacente que le daba uniformidad al conjunto. Y fue bonito descubrir esas cosas, sorprenderme con la forma de abordar cada relato, con las jornadas de escritura pausadas y reflexivas, con las jornadas febriles y enajenadas. Me ayudó a conocerme como escritora y lo recuerdo como una experiencia feliz. No hay más.

Nunca tuve demasiada fe en que fuera digno de ser publicado por una editorial tradicional. Aún así, me dije «por qué no intentarlo». Así que hice lo que recomiendan los expertos. Seguí al pie de la letra los consejos de Guillermo Schavelzon, ya sabéis. Hice una investigación a fondo de las editoriales en las que podía encajar mi trabajo, me leí algunas de sus obras para ver si de alguna manera podía aspirar a ser publicada por ellos, si mi texto era mínimamente comparable. Seleccioné las que me parecieron más adecuadas. Preparé un proyecto editorial, que explicaba el sentido de la obra y lo que podía aportar y que integraba uno o dos relatos, según las exigencias de cada editorial respecto al envío de manuscritos.

Así, desde mediados de 2012 hasta hace nada. Han sido casi tres años, aunque durante los dos últimos reconozco que levanté el pie del acelerador. Quizá porque estaba en otros proyectos que me parecían más interesantes. Quizá porque pensaba que aquella obra, aquel primer libro de relatos, era de otra persona que ya no era yo. Yo había cambiado y mi libro ya había tenido su utilidad: me había servido para aprender y para disfrutar de la escritura. ¿Se le puede pedir más?

Hace unos días comentaba esto mismo con un amigo y antiguo compañero de trabajo. Se mostró radicalmente contrario a mi opinión. Así que decidí trasladar el debate a Facebook. Curiosamente, todas las voces en contra de mi renuncia tenían el mismo argumento: que aquella autora de aquel libro ya no existiera no significaba que la obra no mereciera ser editada y leída. «Formó parte de ti y eso es lo que más valor tiene», me decía Jose Díaz, compañero en aquel mismo máster.

La pregunta que me formulo, hoy por hoy, es si merece la pena intentar editar -por el medio que sea, tradicional o no- un texto con el que ya no me siento identificada. Mi ego no lo necesita, por fortuna. Y es evidente que el objetivo de esa edición nunca sería económico: sería simplemente un escaparate de mi trabajo, una herramienta para mostrar a un grupo indeterminado de lectores potenciales lo que escribo y cómo lo escribo. Pero ¿es esto lo que quiero mostrar de mi trabajo? ¿Es esto, a pesar de que sé que no es lo mejor que puedo hacer? ¿Es esto, únicamente porque mis amigos y familiares quieran leerlo?

¿Son esas razones válidas? No estoy segura.

¿Algún autor novato como yo quiere darme su punto de vista? Lo agradeceré hasta el infinito y más allá.

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