Carne

Viernes Santo. Un sabor acerbo
a hierro y sangre derramada
regodeándose en los labios.
Una condena inmerecida
a vagar por un mundo
de ventanas cerradas.
Desde el sudor acompasado
y el gusto quebradizo de la sal.
Un almuerzo engullido de un bocado.
Sesenta quilos de energía malgastada.
Un pelele o un animal enjaulado,
persiguiendo el aire. Galopando
tras una razón para no pensar.

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