Visita a las cubiertas de la Catedral de Sevilla

Hace un par de semanas acudí como visitante a realizar el recorrido propuesto para conocer las cubiertas de la Catedral de Sevilla. He de decir que asistí obligada porque, generalmente, no me gusta utilizar mi tiempo de ocio en este tipo de actividades. Sé que cuando me animo a hacerlo, aunque no quiera, termino funcionando con el dispositivo de crítica activado, con el boli rojo mental. Así que no suelo disfrutarlas. En esta ocasión, por desgracia, tampoco hubo sorpresas.

La propuesta

Sin duda era prometedora: conocer la catedral desde un punto de vista inaccesible hasta ahora. Puede que esta premisa tenga algún atractivo para el turista, no lo dudo, como cualquier visita cultural de cierto interés. Pero creo que es sobre todo un gancho para los propios sevillanos, que ansían una experiencia nueva sobre el patrimonio que ya conocen y disfrutan a menudo -aunque algunos pasen por la Avenida de la Constitución sin levantar la vista del suelo, saben que la Catedral está ahí y eso les basta. Todos los paisanos con quienes he hablado del tema, o bien tienen ganas de hacer la visita, o la han hecho ya y han salido encantados.

El recorrido

La visita da inicio en la puerta de San Miguel. En nuestro caso, fue allí donde se nos advirtió de que el recorrido por la nave lateral hacia la cabecera estaba limitado porque se estaba celebrando un acto litúrgico. Es decir, no podríamos llegar a ver, desde lo alto, el retablo del altar mayor. La procesión que circulaba entonces por el interior del templo, con personalidades eclesiásticas, civiles y militares, llegó incluso a retrasar el inicio de nuestra actividad. Entiendo que el uso de una catedral es múltiple y pueden ocurrir eventualidades como esta. Lo que no entiendo es que se dé por hecho que un grupo de 20 personas a nosecuántos metros de altura pueda molestar a quienes están celebrando misa a ras de suelo.

Empezar la visita fue empezar a subir escaleras, claro. Hicimos una primera parada a los pies de la iglesia, de manera que teníamos una visión panorámica de la nave central.

Fotografía Interior Catedral

Allí, el guía nos dio una explicación de diez o quince minutos aproximadamente, contándonos la historia de la construcción desde el siglo XV. Es decir, desde que se decide sustituir la mezquita. Tiró de citas clásicas sobre la catedral de Sevilla («Hagamos una iglesia tan grande que los que la vieren acabada nos tengan por locos») y flaqueó en responder a algunas preguntas concretas (la orientación al Sur de las mezquitas andaluzas). Pero la explicación era amena y sencilla y el guía hablaba con seguridad, por lo que los visitantes quedaron satisfechos. A mí me supo a poco, la verdad.

Esta sensación se acrecentó cuando descubrí, al continuar la visita -y la correspondiente subida de escaleras-, que no habría más pausas explicaciones: solo paradas para mirar y tomar fotos. Accedimos a las estrechas galerías sobre la nave lateral para ver bien de cerca las vidrieras y salimos al exterior.

Allí nos señalaron la presencia del rosetón y de las gárgolas, pero apenas nos dijeron nada de ellos. Levantaron uno de esos «champiñones» que tapan vanos circulares en las cubiertas y sí, hicieron un repaso rápido de su función. Nos indicaron la existencia de los arbotantes y los contrafuertes, explicando grosso modo para qué servían. Pinceladas que yo misma habría podido dar sin documentarme ni preparar nada. Conocimientos generales que cualquier historiador del arte tiene. Bien, quizá no fue todo tan ligero y tan escaso: quizá solo lo fue para mí, porque, como digo, el resto de visitantes salió satisfecho.

Luego llegó el momento estrella de la visita, cuando el guía nos llevó por aquellos recovecos, pasillos, puertas, arriba y abajo, para tener las mejores vistas -y las mejores fotos. Y sí, las vistas eran espectaculares.

Fotografía del exterior desde las cubiertas de la catedral

Por eso no llego a comprender qué anima a las empresas culturales que organizan este tipo de visitas a desaprovechar esa oportunidad. Estar a la altura del cuerpo de campanas de la Giralda y poder verla a 20 metros debería ser una razón inexcusable para hablar de ella. ¿Por qué no se nos explicó nada sobre la sala capitular, sobre la plaza del Triunfo o el Alcázar? ¿Por qué no se nos animó siquiera a asomarnos a ver el Patio de los Naranjos?

En conclusión

Parecía que con la explicación de 15 minutos y las pequeñas pinceladas a lo largo del resto del recorrido, el guía ya había cumplido con su función, sin necesidad de articular el mensaje y sin ningún recurso de interpretación. Puede que el público saliera satisfecho porque no esperaba más que disfrutar de esas vistas que hasta ahora se les habían negado. Pero para mí, eso no era una visita guiada: era un recorrido acompañado, aderezado por unas bonitas vistas. Ni más, ni menos.

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