A veces deseo escribir en los muros

A veces deseo escribir en los muros
con un carboncillo queriendo ser polvo,
con letras como hormigas
transitando a ciegas renglones torcidos.
No porque me guste asirme al gran tamaño;
no por declamar mi voz majestuosa.

A veces deseo escribir en los muros,
sentir el frío de la piedra en las palmas
de mis manos desnudas
y la caricia rugosa y afilada
de los sillares hundidos en el tiempo.
No porque deteste el calor del papel;
no por aspirar a una voz más certera.

A veces deseo escribir en los muros
surcando trazos nuevos en la pared
dormida, para despertarla arañando
con estas uñas frágiles,
rompiéndome y sangrando con cada verso.
No porque quiera desandar, rehuyendo
el camino que lleva de vuelta a casa;
no porque quiera grabar en la memoria,
de alguien que llega o pasa, mi palabra.

No. Para hacerme pequeña frente al muro,
recordar el calor
de la sangre en mis manos.
Herir mi propia fuerza
y caer derribada por la mañana.


Nunca he ganado un premio de poesía, a pesar de haber participado en muchos -con poco seso, todo hay que decirlo, escribiendo al tuntún como si la pasión de la escritura bastara. Hace años que dejé de presentarme a concursos importantes o con una buena dotación económica, porque sé que no están a mi alcance. Pero a veces continúo con el tic de concursar, no sé muy bien por qué: quizá porque necesito que me espoleen para no desfallecer, quizá porque mi ego me lo manda, quizá porque creo que pueden salvarme el pago de la hipoteca un mes. En cualquier caso, cuando participo, lo hago por error, porque ninguna de estas razones es saludable. Y ahora sé que si el deseo real fuera compartir lo que escribo -y no obtener reconocimiento- en estas páginas tendría un buen camino. No hace falta más.

A pesar de todas estas reflexiones, como digo, el tic persiste en ocasiones. Y hace unos meses -que vistos desde aquí me parecen décadas- me dieron la noticia de que gracias a este poema había sido seleccionada en el premio de poesía Gertrudis Gómez de Avellaneda 2014. Ojo, ni premiada, ni siquiera finalista: solo seleccionada, una más entre los 28 que habían puntuado mejor -así fue la votación, según me contaron- de los 432 poetas que se habían presentado. Es poca cosa, pero me hizo ilusión.

Pero visto ahora -después de estas décadas- me quedo con una satisfacción: la de haber leído por primera vez en público. Los organizadores nos animaron a acudir a la entrega de premios, donde tendríamos ocasión de leer nuestros poemas. A pesar del miedo, el vértigo, el terror, la vergüenza, la ansiedad y todo junto, conseguí leer. Seguramente, aquel evento no tuvo la más mínima importancia para ninguna de las personas que se sentaba entre el público, aunque fue un mundo para mí. Como el pequeño paso de Armstrong, pero a la inversa. Es lo que suele ocurrir con las primeras veces.

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