Referentes e inspiración

Inspirar y espirar. Se inhala y se mete dentro, porque lo dejamos entrar. Y luego sale convertido en otra cosa. El aire, que nos da aliento. Ánima.

Últimamente, he oído mencionar en diversas ocasiones los términos «referente» e «inspiración» aplicados a la creación literaria. Aluden a conceptos diferentes y hay que saber distinguirlos.

En la presentación del libro de relatos de PepeUno de estos días Iglesias, Uno de estos días, una de las personas encargadas de hablar sobre la obra y dar paso a las palabras del escritor, aludía a los «referentes» culturales del texto. Eran muy evidentes al leer: se habían reproducido situaciones, arquetipos, atmósferas del imaginario estadounidense, llegado no solo a través de la literatura, sino del cine y todo el desembarco cultural que lleva años produciéndose. Si nuestra imaginación nos lleva a esos sitios, ¿es que estamos llenos de esos sitios? ¿Inspirados por esos personajes y acciones? No, no conviene confundir.

Hace poco, una compañera en un curso me hablaba de la inspiración. «Fotografía cosas que te inspiren», me decía. No sé si puede hacerse. ¿Cómo puede fotografiarse una emoción que solo se produce gracias a la memoria de una experiencia? La experiencia en sí no inspira: es la emoción, la vivencia y su recuerdo, la que lo hacen.

Los escritores tenemos referentes de lo más variado. Algunos tienen un bagaje cultural muy amplio, que les lleva siglos atrás y cruzando océanos, a los contextos geográficos más dispares. Otros, se quedan fascinados por una época concreta, un estilo artístico.

A mí me llega el barroco andaluz. Así se lo dije a aquel guía de museo italiano que me miró horrorizado, como si estuviera blasfemando. Pero no me transmite tanto por sus formas, sino por el pensamiento que las dio a luz. Y por eso, todos los barrocos de la historia, todos los expresionismos, si se quiere, todos los que se oponen a los diversos clasicismos, me atrapan y conquistan mis sentidos.

Pueden ser mis referentes. Puede que en mis letras se encuentre algo de eso, del escribir asmático de Proust y de la riqueza delicada y enjoyada de los camarines de las vírgenes andaluzas. Ese aire profuso, recargado, descriptivo. Esa complicación de anagramas y emblemas hechos arte. Esa precisión milimétrica en las estructuras, para que el ensamblaje sea transparente.

Sí. Eso está ahí. Pero al igual que el alma de los relatos de Pepe Iglesias no es estadounidense, por mucho que él quiera; mi inspiración no es barroca. Mi manera de trabajar, puede. Pero lo que me mueve y me lanza al teclado está aquí, en la lluvia angustiada de los días grises y las punzadas gaditanas, saladas y gélidas en los tobillos, cada verano.

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