Cine negro y literatura

Siempre me ha gustado el cine negro. De niña, me parecían fascinantes ese juego de sombras y esos ritmos crecientes e inquietantes. Cuando fui cumpliendo años, me quedaba embobada ante esos personajes que, siendo los protagonistas, no eran en absoluto los buenos de la película. También ellos tenían sombras, en las facciones maltratadas por la vida, en los pliegues y debajo de la ropa. Y como buena adolescente náufraga entre iconos culturales, después de haber adorado la sumisión de las princesas de cuento, celebraba la libertad cruel y salvaje de la mujer fatal.

Hay planos que se quedan grabados en la memoria, como el abrazo de fogueo, con balas de amor y muerte, disparado en el estómago de Martha Ivers. O el pozo de ambición de los ojos turbios de James Cagney gritando «¡Estoy en la cima del mundo, mamá!».

Humphrey Bogart siempre me resultó antipático. Quizá porque cuando conocí Casablanca esperaba ver un historia de amor y vi otra cosa. Quizá por su cara de amargado. Quizá porque esa cara de amargado siempre le proporcionó personajes de moral dudosa, despiadados y cargados de culpa a la vez, sin escrúpulos. Nunca interpretó un caballero sin espada. No habría resultado.

El Halcón Maltés

Pero hay que reconocer que era el icono de este género. Así que cuando decidí analizar los paralelismos y transferencias entre cine y literatura en el género negro, siempre estuvo sobrevolando mi cabeza. Vale, no se trataba de un análisis exhaustivo. De ser así, habría empezado por el principio, me habría ido a la bibliografía, a las raíces de la novela negra, muy anteriores a sus primeras plasmaciones en celuloide. Habría intentado conocer en profundidad el Hard Boiled y sus referencias. Me habría intentado empapar del noir francés y del expresionismo alemán. Qué sé yo. Pero no, me fui directamente a leer de icono en icono: El halcón maltés y El sueño eterno, por qué no.

El halcón maltés me parece más literatura. No hay otra manera de decirlo. Dashiell Hammett prepara un tablero de juego, con unos personajes bien construidos, con sus sutilezas y un pasado que les da cuerpo. Elabora una trama sencilla, donde la tensión puede ir creciendo y donde es fácil que vayan desvelándose poco a poco los recovecos de las intenciones ocultas. Es un engranaje sin cabos sueltos, donde cada frase tiene su razón de ser. Y para contarlo, elige quedarse al margen, para que sea el lector quien saque sus propias conclusiones. Ese narrador deficiente, esa mirada de cámara cinematográfica, que no pretende quitar o poner opinión, que no es capaz de ver a través de los sentimientos y pensamientos de los personajes, ya está en sus letras.

Pero quizá precisamente por ser menos literatura, El sueño eterno me ha parecido más interesante. No parece tan pensada ni tan construida. Parece que, en ciertos momentos, Raymond Chandler se vio en atolladeros de los que no sabía cómo salir y tiró de imaginación, planteando soluciones absurdas, de una estilización casi ridícula. Parece un ejercicio de mero entretenimiento, destinada exclusivamente al entretenimiento: no importa si carece de sentido, si damos un rodeo para llegar a una solución que siempre estuvo ahí; no importa si al lector se le explican las decisiones y motivaciones de los personajes en algunos casos y en otros no; no importa si tenemos multitud de detalles en una escena y ninguno en la siguiente; no importa si la trama es tan enrevesada que hace falta inventar personajes sobre la marcha para desenredarla. Da igual, lo que importa es el carisma de Phillip Marlow, que va contando su historia en primera persona. Lo que importa es que siempre quedan ganas de seguir leyendo, para encontrar una vez más ese tono nihilista y sarcástico o desatar ese nudo de ese final de capítulo, que siempre queda en alto, como un buen folletín.

El Sueño Eterno

Como dice una buena amiga, «una tiene que saber lo que está leyendo en cada momento». Y disfrutarlo en su justa medida, añadiría yo. Estas novelas puede que no cambiaran la historia de la literatura —o sí— y puede que no vayan a cambiar mi manera de escribir, pero son juguetes divertidos y construyeron todo un imaginario que se ha perpetuado durante décadas. Casi nada.

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