Diarios de escritura

Una buena historia se compone de unos pocos elementos: personajes, lugares, momentos, acciones y poco más. ¿Cómo se construye una obra literaria con eso? No es tan sencillo como poner ladrillo sobre ladrillo, con un poco de mezcla. No: la cantidad, variedad y calidad de esos elementos ofrece opciones casi ilimitadas, que dependen de la imaginación del escritor. Y lo más importante, la manera de relacionar esos elementos entre ellos es lo que da carácter a las historias, lo que las hace únicas. Escribir, la mayor parte del tiempo, es tomar decisiones sobre esas relaciones.

Sin embargo, muchas de estas decisiones no son del todo conscientes. ¿Por qué elegimos tal característica de personalidad para nuestro protagonista y no otra? ¿Es porque la consideramos necesaria para el desarrollo de esa historia que hemos vislumbrado a medias en nuestra imaginación? ¿O es al revés: primero la personalidad y, de ahí, la historia? ¿Por qué este dato biográfico? ¿Por qué esta acción antes de otra?

Antes de empezar a diseñar una estructura —sí, soy de las que hacen eso, no me dejo llevar por la melodía del teclado— ya tenemos como en una amalgama informe muchas decisiones tomadas. Ese diseño, en muchas ocasiones, sirve para justificar, para encajar, para pulir y, sobre todo, para dar sentido.

Pensar y repensar todos y cada uno de los elementos, sus características, y cómo bailan los unos con los otros es un trabajo como de derribo: explosión —de ideas—, bola de demolición —sobre el cerebro, hasta que se nos ocurra algo mejor—, escombros por todas partes… Y ahora, a seleccionar las piezas buenas.

A veces, la escritura debe alargarse en el tiempo: no es lo mismo escribir un relato que una novela, evidentemente. Por eso, las decisiones que vamos tomando en una novela no son inmutables. A veces, pasa tanto tiempo, o nos pasan tantas cosas por la cabeza, que necesitamos volver a encajar las piezas del puzle, sacudir de nuevo los escombros y volver a seleccionar los que componen un diseño mejor.

Eso me ha ocurrido recientemente. Me he encontrado con ideas en bruto, otras algo más elaboradas, algunos esquemas… Nada definitivo. Y cuanto más pensaba y pensaba sobre el texto final que me gustaría obtener, he tenido que desechar escombros, dar por malas algunas de las ideas iniciales, buscar otras, recuperar y potenciar algunas más. El paso del tiempo en esta escultura, como el óxido en las piezas de acero corten de Chillida, ha dejado su huella y le ha dado una coloración diferente. Hemos cambiado, mi texto y yo, intentando buscar la mejor manera de contar una historia.

Y, sin embargo, aún no lo encuentro natural. No deja de parecerme sorprendente cómo se generan esas conexiones entre ideas mientras pensamos. Si hay algo misterioso en el proceso creativo, es eso. Por eso, al contrario que en otras ocasiones, no he borrado, ni tirado, todo lo anterior. Lo he tachado y guardado. Tienen la marca de una idea desterrada, como una página de un diario de escritura, que conviene recordar, para saber lo que no hay que hacer y por qué no hay que hacerlo. Lo que creo que no hay que hacer y por qué lo creo.

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