Zurbarán y diseñadores

“Felicito al señor Zurbarán. ¡Le ha quedado perfecto!”. Este es uno de los textos que se pueden leer en el libro de visitas de la exposición Santas de Zurbarán. Devoción y persuasión, organizada por el ICAS en el antiguo Convento de Santa Clara de Sevilla.

La persona que firmó aquellas palabras de enhorabuena no iba muy desencaminada. Contar con los 17 lienzos del pintor barroco es, sin duda, lo más destacado de la exposición. O, al menos, un valor seguro al que se le puede sacar un gran beneficio. De hecho, está comprobado que, cuando se tira del Barroco, el costumbrismo o cualquier otro rasgo en el que esta ciudad de Sevilla se haya quedado atrapada y ensimismada, el público responde en masa. Con alegría. Si a eso le sumamos el protagonismo de diseñadores contemporáneos de reconocido prestigio —o de sonoro nombre para quienes no anden muy versados en el tema— el éxito está asegurado. Y así lo anunciaban en la prensa —casi, casi— desde su inauguración.

Pero en fin, tanta afluencia de público tiene sus pegas. Y de hecho, cuando quise visitar la exposición el domingo pasado, me encontré con una sonora bronca en la entrada. Parece ser que las personas que compren su entrada por internet o acudan en grupos organizados siempre tienen prioridad, independientemente de lo larga que sea la cola formada por los “espontáneos”. Me dio la impresión de que se había calculado mal los cupos y los tiempos medios de visita para organizar la venta de entradas. El tiempo de espera me pareció un mal menor, desde luego, pero, ¿media hora? No son los Museos Vaticanos.

Una vez dentro, y precisamente por la abundancia de visitantes, nos hicieron pasar primero a la sala del piso superior. Esto puede ser útil, sí, pero desluce bastante el sentido de la muestra, a mi entender.

El sentido natural de la visita comienza en el piso bajo, donde se muestran los cuadros de Zurbarán, representando a santas mártires. En muchos casos, se trataba de lo que los historiadores del arte llaman “retratos a lo divino”. Es decir, mujeres de cierto nivel económico que se hacían representar llevando los atributos de las santas con quienes, por alguna razón, deseaban identificarse.

El recorrido continúa por el piso superior, donde se muestran vestidos de diseñadores contemporáneos, que reinterpretan la obra de Zurbarán. Y en mi caso, la visita comenzó por este punto. Así que subí a ver los vestidos de diseñadores como Elio Berhanyer, Ángel Schlesser o Victorio&Lucchino. Me gustaría poder decir que los diseños eran de enorme calidad y argumentarlo. Pero como no sé absolutamente nada de moda, solo puedo afirmar que algunos me gustaron mucho y otros no tanto —el de Devota&Lomba me lo compraría sin dudarlo—. También puedo decir que reconozco el esfuerzo de los diseñadores por reelaborar las obras de Zurbarán. Eso sí, algunas versiones me parecieron muy literales. Y otras, por el contrario, me resultaron demasiado alejadas del referente, demasiado empeñadas en hacer evidente la idiosincrasia propia del autor.

Eso sí, el aspecto general de esta sala no parecía en consonancia con el nivel de los artistas y diseñadores participantes. Me resultó sorprendente encontrar maniquíes casi idénticos a los de cualquier tienda de ropa, con sus manos mal encajadas en los brazos. Unos con cabeza y otros descabezados. Unos de tela y otros de plástico. Y fue así porque no es la primera exposición que visito donde confluyen arte y moda. La que organizó el Museo de Bellas Artes de Bilbao sobre Balenciaga me pareció un ejemplo perfecto de elegancia. Aquí faltaba ese toque.

Por otro lado, la audioguía no ayudaba demasiado con sus explicaciones técnicas: que si tafetán, que si organdí, que si recamados y tal y pascual. Para quienes no conocemos ninguno de esos términos la consecuencia inmediata es el bostezo.

Pero lo más llamativo era la presentación de los vestidos, en referencia a las obras en las que se inspiraban. ¿Dónde estaban? ¿Dónde las habría puesto cualquiera para poder comparar bien? Detrás, claro. Pues no, la pared de atrás estaba empapelada con los nombres de los diseñadores. Que en otro contexto no me parece mal recurso, por supuesto. Pero aquí echaba en falta poder comparar. La única manera de hacerlo era mirar la pequeñísima reproducción de cada cuadro junto a los datos de la obra, a los pies —literalmente— de cada vestido. Comprendo también el guiño, de no querer robarles protagonismo a los diseñadores. Pero es que la gente se agolpaba y era imposible ver nada.

En el piso bajo, el Zurbarán que todos conocemos. Con algunas obras extraordinarias, como la Santa Isabel de Portugal del Museo del Prado o la Santa Casilda del Thyssen. Toda una procesión de santas mártires, que se abría con una cita contemporánea al pintor: alguien —de cuyo nombre no me acuerdo— criticaba escandalizado lo profanas, lo descaradamente humanas, bellas y coquetas, que le parecían aquellas mujeres. En fin, exactamente tal como eran y tal como las adornó el artista. Lo mejor de la exposición.

Después de todo, puedo decir que la exposición es agradable de ver y que cuenta con obras interesantes. Pero me queda una duda enorme. ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene pedir a esos diseñadores que recreen a Zurbarán? ¿Qué se quiere contar? ¿Cuál es la tesis? ¿Alguien lo entiende?

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