Qué hacer ante una obra de arte

Supongo que esta es la clave de todo. Algunos sudan, tiemblan y se retuercen las manos con nerviosismo. Otros pasan por delante sin inmutarse. La mayoría se comporta como si estuviera en misa: silencio y cabeza gacha. Solo se oyen cuchicheos escasos y breves con los acompañantes. Y a caminar en procesión, por el recorrido marcado. Les falta santiguarse. Tanto esfuerzo por mejorar la didáctica en los museos y centros culturales debe ser una respuesta a todo esto.

No es que lo estemos haciendo mal. Es que nos olvidamos de que no hay una manera establecida de hacerlo. ¿Por qué nos vamos a avergonzar de hablar en voz alta ante una obra de arte? ¿De hacer un chiste sobre una representación que nos pueda parece graciosa o de no emocionarnos con una obra considerada por los críticos como “sublime”?

¡Si se trata precisamente de eso! Una obra de arte no está terminada hasta que el espectador la recibe, tiene un contacto sensorial con ella y reacciona: se permite el lujo de sentir, de reflexionar, de responder, de actuar ante ella. ¿Qué tiene de malo?

Desde el colegio nos han enseñado mal. A ser dóciles, a atender las explicaciones del profesor, repetirlas como loros y luego… A ver quién es capaz de tener ideas propias y ser mínimamente crítico.

El arte es un campo de juego perfecto para romper esa tendencia. Nos abre ventanas instantáneas a las visiones de muchísimas personas, de diferentes contextos sociales, geográficos, históricos y económicos. ¿Cómo va a haber una única manera de mirarlas? ¿De acercarse a ellas?

Así que, si quieres mi consejo, cuando entres en un museo, olvídate de todo lo que te han enseñado y deja que las obras te hablen. Algunas te susurraran cálidas y aterciopeladas al oído. Otras te gritarán y te zarandearán por los hombros. Y otras se quedarán mudas. Puedes pasar de largo ante las que no te gusten. Puedes decir en alto que no te gustan. Y celebrar que te emocionan aquellas que lo hacen. ¡Tienes derecho! Puedes reír y llorar: se trata de eso, de emociones. Y puedes traer esas emociones desde contextos tan distantes y dejar que te hablen sobre el tuyo, que te animen a reflexionar. O puedes no hacer nada de eso. Sencillamente, haz lo que te apetezca. Es la única manera de disfrutar del arte.

Y después de mirar las obras con tus ojos, y no los de tus profesores ni tus guías, si quieres, solo si quieres, escucha lo que los demás han dicho sobre ellas. Puede que te sirva de algo. O puede que no.

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