Tecnología vs. contenidos en los museos

En un post anterior, mencionábamos una de las más sonadas novedades en cuanto a dispositivos móviles en museos: la nintendo del Louvre. Y es que parece que últimamente la única manera de renovar la didáctica de los museos está en un refuerzo de la tecnología. Mi opinión está muy clara al respecto pero os planteo los beneficios que aporta cada perspectiva, para abrir debate. ¿Por dónde mejoramos? ¿Tecnología o contenidos?

Tecnología

¿Es necesario explicar lo que la tecnología ha aportado a los museos? Desde controlar la temperatura de las salas hasta el detalle casi quirúrgico de las intervenciones en restauración. Eso sí, en lo que se refiere a comunicar las colecciones, la revolución se ha producido sobre todo en las últimas décadas. Poco a poco, se iban abriendo paso los audiovisuales y las primitivas audioguías, que ni siquiera eran portátiles. ¿Alguien se ha enfrentado alguna vez a una especie de telefonillo en la pared que cuenta en bucle una historia sobre la obra? Yo sí.

Es innegable que los audiovisuales y los interactivos nos ayudan a contextualizar. Las mesas de juego táctiles nos invitan a jugar y a tocar: es decir, a preguntar, a cuestionar, a meter el dedo en la llaga. Los móviles o tabletas ya nos dan total libertad para mirar desde nuestro punto de vista, hacernos las preguntas que creamos oportunas sobre la obra y llevarnos las respuestas en el bolsillo. Nos dan tanta cancha y tantos estímulos que podemos quedarnos embobados mirando. Eso sí, deben darnos algo bueno, porque si no…

Contenidos

De eso se trata. No podemos quedarnos en el dispositivo para mirar la obra. Esa tecnología debe complementar lo que ya nos dejan ver los ojos. Debe aportar algo más, no ser un mero juguete. ¿O no?

Qué más da si la historia me la cuenta un trabajador del museo, un video o una nintendo: lo importante es que se trate de una buena historia. Y esto es lo más difícil de conseguir. ¿Cómo darle una vuelta de tuerca a las colecciones del museo? ¿Qué es lo que pueden contar? ¿Qué quiere saber de ellas el visitante que acude a las salas? ¿De qué le sirve al museo establecer esa conversación con el visitante? Responder con precisión a estas preguntas es esencial para tener un buen contenido.

Ante todo, hay que tener la mente abierta y no limitarse. Saber integrar dos conceptos esenciales: las necesidades del visitante y las posibilidades de acción del programa educativo del museo. No es tan difícil: es un “qué necesitas tú” y “qué te puedo ofrecer yo”. Y encontrado el punto en común, saber ver más allá de los tópicos: saber que una obra de arte puede servir para hablar de química y de sociología; saber que aprender a mirar una obra sirve fuera del museo para aprender a mirar otras muchas cosas. Y para descubrir lo que nos quieren contar otros (desde otros medios de comunicación) con sus respectivas miradas, que siempre son construidas.

Inversiones

Al final se trata de dinero: ¿de verdad es necesario invertir millones en una tecnología ya existente? ¿Los usuarios encontrarán grandes diferencias entre usar la audioguía del museo o descargar el mismo contenido en su propio móvil? En mi opinión, la imaginación no solo es más barata sino (socialmente) mucho más rentable.

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