Libertad (J. Franzen)

Cerúlea Libertad

Para mí, el adjetivo cerúleo siempre ha estado asociado al sufrimiento y a la pérdida. Son cerúleas, por ejemplo, las sombras bajo los ojos de quienes no pueden dormir. Puede que para otros lo sea el océano, el infinito mar abierto desde una isla en ningún sitio, sin horizonte. De nuevo, la angustia.

Sin embargo, es posible que a partir de ahora no sea capaz de separar ese azul opresivo del nombre de un pájaro: la reinita cerúlea. La culpa la tiene Jonathan Franzen, al parecer gran aficionado a la ornitología, que nos golpea hasta la extenuación con el nombre de este pajarito, los detalles de su vida y de quienes la observan, como clara metáfora de la libertad, haciendo honor al título de su novela.

La lectura

Comencé a leer con cierto reparo. Venía de otra novela de una escritora estadounidense que me confirmaba que la literatura “made in USA” no es para nada lo mío. Las razones: esa sensación de desapego que exudan sus textos, donde los personajes son tan superficiales que en la última página del libro aún me pregunto por qué sigo leyendo.

Las primeras páginas de Libertad tienen un poco de eso: un relato contado desde la distancia. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que esa introducción, contada como quien mira desde la barrera, es necesaria precisamente para que seamos conscientes de que hay una barrera. En seguida, empiezan los juegos de espejos: a lo largo de la novela, tenemos los puntos de vista de la mayor parte de los personajes, contrarrestándose, oponiéndose y avanzando tan lento como les permiten sus piernas trabadas. No es que los personajes se peleen, que también, sino que la focalización en cada uno de ellos nos ofrece una narración de la misma realidad ajena a una jerarquía rígida. Se desarrolla siguiendo a cada personaje, que va fijando su atención, su mirada, en tal objeto, tal detalle, tal gesto. Esto nos permite como lectores acompañar su razonamiento, empezando por ordenar los hechos a partir de una evocación natural, generada por los recuerdos y las emociones asociadas. Todo en esta novela tiene un toque orgánico e íntimo, a pesar de un título tan grandilocuente con una voluntad universal. Sí, va de lo particular a lo universal.

Quizá por eso, por la invitación a reflexionar sobre temas generales desde lo más cercano, me vi atrapada en la lectura una vez pasadas esas primeras páginas. Cuando comienza la autobiografía en tercera persona de Patty Berglund es cuando el libro despega. La atención se mantiene más o menos intacta hasta pasada la mitad de la novela, cuando la política empieza a cobrar demasiado protagonismo. Sobran algunas descripciones sobre este asunto.

El tema

La libertad, ¿en qué sentido? Es un tema tan amplio que daría para varios libros. Franzen se atreve con casi todo: amor, familia, medio ambiente, política… Pero ante todo habla de la libertad individual, de tomar las propias decisiones y asumir las consecuencias. Curiosamente, como me apuntaba acertadamente mi amiga Laura, también escritora y amante de los libros, el término en sí apenas aparece en toda la novela y, cuando lo hace, está asociado a contextos políticos. Sin voluntad de indagar en las intenciones del autor, al menos nos invita a reflexionar sobre el uso que le da la sociedad de hoy a esa idea.

La forma

La narración es ligera y fresca. Actúa de una manera similar a la memoria: despacha a grandes brochazos la información de contexto y los antecedentes; se detiene en los detalles si son relevantes para los personajes. Se estructura en capítulos dedicados a seguir el punto de vista de cada uno de ellos en una situación concreta, aunque para ello sea necesario hacer flashbacks y flashforwards. Quizá tanto movimiento es lo que la hace tan ligera.

Los personajes están descritos por dentro y por fuera y, sin embargo, solo cuando somos partícipes de su mirada es cuando comenzamos a entenderlos.

No llega al extremo experimentador posmoderno, a su fragmentación y subjetividad, pero toma lo mejor de él para integrarlo en una narración de espíritu clásico.

Y, contra todo pronóstico, emplea símbolos y metáforas sin llamar demasiado la atención y con bastante gusto.

Ahora bien, aunque no voy a destripar el final, me veo obligada a detenerme aquí: la conclusión de la historia se veía venir desde, más o menos, el primer tercio del libro. Y sí, ha sido algo decepcionante. Sencilla, convencional, complaciente. Aunque quizá esa conclusión resuma la tesis sobre la libertad del propio autor. Bravo por él, si es tan optimista.

En definitiva

Una novela muy agradable de leer, casi adictiva: interesante y bien hecha. Se le podrían criticar algunos tópicos y un desarrollo excesivo en las páginas sobre política y las genealogías familiares de los personajes.

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