Arte y trauma

Hace unos días, alguien me envió un link sobre arteterapia. Es un tema que me interesa desde hace tiempo, aunque nunca he sabido muy bien cómo acercarme a él.

Con frecuencia, las personas dedicadas a trabajar en ese campo se envuelven en un aura mística que, quizá no lo sepan, les hacen parecer unos cantamañanas, unos simples y caraduras vendedores de humo. Quizá habría que preguntarse: ¿hace falta un “arteterapeuta” para que el arte cure? ¿Es necesario un mediador? Para mí, desde luego, no.

Luego está la observación de aquellos que, consciente o inconscientemente, emplean el arte para curarse. Me fascina ver ese proceso, quizá porque me resulta muy fácil sentirme identificada. Seguramente, casi cualquiera de nosotros sería capaz de recordar esa vez que se sintió mejor, que pudo sacudirse de los hombros sus tormentos y amarguras, simplemente escuchando esa canción (porque nos ayudó a llorar y limpiarnos por dentro o porque nos dio ganas de saltar y gritar) o esa película (que sabíamos desde el principio que iba a tener final feliz y, aunque autoengaño, nos sirvió para hacer crecer un poquito de esperanza).

Pero a mí, en esas ocasiones, el arte me sirve como una especie de analgésico: hace desaparecer el dolor durante un tiempo, pero no acude al origen del problema para curarlo.

Para mí el único arte capaz de curar de verdad es el que yo hago, aunque después no pueda venir ningún crítico a confirmar que, efectivamente, ese producto de mis desvelos pueda considerarse una obra de arte. Eso es lo de menos.

Durante años, pasé las tardes abrazada a una guitarra como quien se agarra al salvavidas. No me curó, pero me permitió seguir a flote. Y una temporada, durante unos meses, necesité que los colores me estallaran en los dedos, para dejar atrás los problemas, para decir adiós a un trago amargo. Azúcar o polvo de pastel en las manos, da igual.

Seguramente, cualquier psicólogo podría analizar todo aquello y explicarme uno por uno mis miedos, mis traumas y mi dolor, mis frustraciones. Hay montones de estudios sobre el asunto, una montaña de artículos que explican el proceso curativo del arte en los traumas. En realidad, no me hace falta. Aquellas horas de arte, dieran como resultado objetos artísticos o no, cumplieron con su cometido.

Pero hay una pregunta que me atormenta siempre. Cada vez que ocurre esto, que me asfixia el dolor, pierdo la voz. El arte que me ayuda es el arte sin palabras: la música y la pintura, pero nunca la literatura. En esos momentos, detesto tanto leer como escribir. El esfuerzo que me supone es, más o menos, como cargar con el carro del supermercado hacia arriba, pero hacerlo equivcadamente por la escalera que baja. Y el carro, por supuesto, está lleno de cachivaches inútiles, que en realidad no querías comprar, pero se te fue la mano. ¿Te imaginas el esfuerzo? Así me siento, cuando tengo que escribir en este estado. Tengo la intuición de que tiene algo que ver con el proceso mental que implica la escritura: poner palabras a algo significa materializarlo, en cierto modo, ¿no? Hacerlo presente, volver a vivirlo. Y no necesariamente, para fustigar a los demonios que nos asustan, para soplar el humo de nuestros fantasmas, que se desvanezcan tras la ventana: “¡No tienes poder sobre mí!”. No, puede que los invoquemos y se queden ahí, mirándonos expectantes, como esas mañanas terroríficas de parálisis del sueño.

¿Por qué? ¿Por qué escribir no me cura?

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