La vida de las palabras

Aunque sea licenciada en Historia del Arte, nunca me he sentido del todo “historiadora”. Muchas de las personas que conozco con los mismos estudios que yo se presentan a menudo como “historiadores”. Y sin embargo, a mí me cuesta un mundo: termino diciendo simplemente que soy “licenciada en Historia del Arte”. Siempre explico que es porque no ejerzo: no investigo ni publico. En todo caso, empleo mi formación y mi bagaje en ese campo para documentar el trabajo de divulgación y comunicación que sí realizo. Pero nada más.

Y mientras lo hago, mientras documento, me siento como una observadora del trabajo de investigación que hacen otros. Y no deja de sorprenderme la vehemencia o la rotundidad con la que esos historiadores han ido haciendo afirmaciones durante años que, más tarde, se han comprobado erróneas. Imagino que es una manera de avanzar: proponer una hipótesis, para luego confirmarla o no. Y eso, a pesar de que esas hipótesis se presentan muchas veces como hechos verídicos y comprobados, sin asomo de duda.

Puede que esto ocurra así por la pretensión científica del trabajo de investigación que requiere la Historia. Pero los documentos en los que se apoya ese trabajo no son matemáticos, así que es fácil que se produzcan inexactitudes. Se requiere de un mediador, el historiador, que interprete los datos. Y como en cualquier trabajo humano, entra en juego la subjetividad: el mismo hecho de escoger un dato o no tenerlo en cuenta, pasarlo por alto o darle protagonismo, es ya el primer paso de la interpretación. Y puede que esa elección sea equivocada.

Personalmente, la responsabilidad de elegir e interpretar esos datos, tan volátiles como las palabras, me provocaría una sensación de vértigo. Quizá por eso no soy historiadora. Y cuando documento, a veces, tengo la impresión de que las cosas no son exactamente como las cuentan los historiadores de verdad. Pero siempre me guardo esa opinión, porque eso es lo que es, para mí.

Con este texto no quiero poner en duda el trabajo de los historiadores, en absoluto, sino devolver el foco a la gran responsabilidad que se les encomienda. Porque su trabajo es devolver la vida a unas palabras ahogadas por cientos y a veces miles de años de silencio en archivos olvidados.

Sin embargo, la posibilidad del error me parece divertida en otro contexto: la escritura creativa. Ya he escrito en algunas ocasiones sobre las consecuencias de una interpretación errónea de los datos a nuestro alcance. Esas consecuencias pueden multiplicarse si la información a interpretar es escrita. Y se abre un mundo de palabras escritas o pronunciadas por personajes, que quieren ser entendidas o interpretadas por otros personajes. ¿Os acordáis de Rosebud? ¿O del nombre de la Emperatriz Infantil? Solo son mínimos ejemplos de esa vida latente en las palabras. Y cuando escribimos ficción, ya no existe ese miedo al error: solo el reto de otorgar significados, de construir personajes y situaciones, para destruirlas luego de un manotazo, con una sola palabra, tan viva como las anteriores, jugando. Sabiendo que existe ese pacto con el lector, no hay error posible: solo la necesidad de hacer visible lo invisible y demostrar lo frágiles que son los límites de la realidad, si es que esta existe.

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