Y eso para qué sirve

No han dejado de hacerme esa pregunta desde hace quince años, cuando decidí estudiar Historia del Arte. En realidad, la duda parecía haber estado ahí desde siempre. Pero como se trataba solo de aficiones y entretenimientos, complementarios a mi correcta trayectoria estudiantil, no había necesidad de cuestionar su utilidad. Una vez que el arte se convirtió en el principal objeto de estudio, pareció que la cosa cambiaba.

La pregunta no era solo “para qué sirve estudiar Historia del Arte”. También estaba la más genérica “para qué sirve el arte” o la más enfocada al mundo laboral “qué salida tiene eso”, como si la carrera universitaria fuera una “formación profesional para listos”. Puede que muchas personas vieran inviable sobrevivir y comer gracias al arte, la propia producción artística o el estudio del arte. Puede que incluso algunas lo censuraran. Así se desprendía de las reflexiones despreciativas que consideraban el arte un lujo y la economía que se mueve en su contexto un mundo de chupópteros subvencionados.

Hoy más que nunca se encuentra activo ese debate. Suele ocurrir en momentos de escasez, como si en la economía y el mundo laboral solo tuvieran cabida los productos y servicios básicos, de supervivencia. ¿Por qué? Porque son útiles, sirven para algo. Y es que quienes plantean esos debates lo hacen desde la premisa de que el arte, la música, la literatura, no sirve para nada. Así es imposible debatir, por supuesto.

No escribo ejerciendo mi derecho a defenderme o a defender mi trabajo. Escribo desde la sorpresa de comprobar cómo se pone en duda, una y otra vez, al sector cultural. No solo porque su capacidad de favorecer la economía y el empleo están demostrados, si se ejerce una buena gestión (que esa es otra). Sino porque, aunque no fuera así, el arte no necesitaría otra defensa que su propia naturaleza.

Si se le pregunta a un creador por qué es artista, por qué dedica su vida al arte, para qué le sirve mantener esa actividad, es más que probable que haya tantas respuestas como creadores consultados; tantos matices como personas; tantas reflexiones como experiencias vitales. Cada uno es artista por una razón y puede que algunos se remonten al placer de crear en sí mismo, experimentado desde los juegos infantiles: placer que casi todos tenemos la suerte de conocer y, muchos, de recordar. Puede que otros tengan elaboradas reflexiones filosóficas en la manga.

Yo tengo mi respuesta. A mí el arte me sirve. Me ayuda a formular preguntas de las que no había sido consciente hasta plasmarlas sobre el papel. Me limpia por dentro mejor que cualquier terapia. Me enciende y me hace sonreír. Me permite disfrutar de un pedacito de plenitud, si es que eso puede dividirse en pedacitos. Y me ayuda a comprenderme a mí misma, a saber por qué miro al mundo como lo miro. Y estimula mi intuición para alcanzar los pensamientos y discursos de otros, para aproximarme a ese mundo al que miro.

Probablemente, las cosas que no sirven para nada son las que nos hacen humanos. Buscar una madriguera donde pasar los días, cazar para tener alimento o procrear, todas esas cosas que parecen servir para algo, que parecen tener utilidad, son también cosas comunes a todas las especies. Es instinto de supervivencia y nada más. No pongo en duda su importancia.

Pero lo que nos hace reír, además de las cosquillas, es una buena comedia. Lo que nos hace sufrir, además de un puñetazo, es un partido donde nuestro equipo juega fantásticamente pero termina perdiendo. Lo que nos hace llorar, además de la alergia, es el Adagio de la 5ª de Mahler. Y lo que nos hace seguir luchando, buscando una madriguera, cazando o procreando, no es solo el instinto: es la probabilidad de que tenga algún sentido. ¿Cómo lo sabemos? No lo sabemos. Solo nos lo preguntamos, una y otra vez, de la misma manera que me preguntaban a mí, hace quince años, “por qué Historia del Arte”. Las respuestas no están en el espacio techado o en el plato de comida. Están en esas cosas que nos permiten hacernos más y más preguntas en una cadena infinita: los juegos, la fe, la música, la pintura, la literatura, el cine, la fotografía. Todo lo que nos hace humanos.

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