El abismo de la revisión

Dicen que fue Leonardo el que tuvo la ocurrencia aquella de decir que las obras de arte “nunca se terminan, se abandonan”. Esa frase, repetida desde entonces hasta la saciedad, ha servido a montones de artistas y escritores para justificarse, según fuera su caso: para seguir corrigiendo, revisando y perfeccionando hasta el infinito, para no despegarse nunca de sus obras inacabadas o incluso, para alabar esos pequeños defectos sin pulir como los rasgos y las huellas de una identidad perteneciente un contexto concreto, dejada atrás sin remedio, como corresponde a la existencia efímera. Es verdad que puede usarse en muchos sentidos.

Esa misma frase me vino a la memoria al leer esta entrevista con la comisaria de  una de las más recientes exposiciones sobre el artista de Vinci. Fue entonces cuando por primera vez entendí cuál era el sentido que el autor ponía en esas palabras: era un perfeccionista incansable, que no podía terminar su obra. Como aquel visionario enloquecido de “La obra maestra desconocida” de Balzac (texto al que llegué a través de Picasso, tengo que reconocerlo: ¡gracias Picasso!).

Los distintos usos de la cita de Leonardo corresponden a los diferentes tipos de escritores y su manera de enfrentarse a la ejecución de sus obras, tanto en el sentido de la realización como en el acto mismo de “darles muerte”, poniendo el punto y final.

He oído al respecto comentarios de todos los colores. Están los que aseguran estar siempre reescribiendo, sabiendo que una reescritura implica mucho más que una mera revisión. Están los que liquidan más o menos rápido y se permiten uno o a lo sumo dos borradores, antes de la revisión definitiva. Y existen los asesinos metódicos, rollo Dexter, que muerto el perro se acabó la rabia y no tienen más que deshacerse del cadáver. Yo me incluiría en ese último grupo y puedo asegurar que, para mí, el cadáver encima de la mesa literalmente apesta: terminado el texto de una vez y tras una única revisión, que básicamente consiste en una correción ortográfica y poco más, no puedo ni mirar el resultado. Me provoca dolor físico y me veo en un abismo, donde no queda más que lanzar abajo el texto y olvidarlo para siempre: ahora ya no me pertenece.

Es curioso que existan actitudes tan diferentes ante la propia obra más o menos terminada. Creo que obedece a la manera inicial de abordarla. A la tan afamada dicotomía brújula-mapa, que se merece otro post en otra ocasión. Quizá me equivoque pero creo que los escritores de brújula (o de bosque) pueden enfrentarse a múltiples reescrituras, precisamente porque es su proceso de trabajo: van descubriendo sobre la marcha, según escriben. Sin embargo, los escritores de mapa (o de jardín) construímos el edificio desde los cimientos: después de mucha investigación y documentación, después de mucho pensar en lo que queremos decir y cómo, de crear cuidadosamente cada aspecto de la obra (desde los personajes hasta los ambientes), de realizar las elecciones que nos permitirán dar significados a la historia (desde los tiempos hasta las voces narrativas), tenemos una estructura hecha, que solo hay que revestir de palabras. Todo el proceso de descubrimiento, de investigación, que los escritores de brújula van haciendo intuitivamente mientras escriben, los escritores de mapa lo realizamos cuidadosa y conscientemente antes de empezar escribir. La última reescritura de los escritores de brújula equivale al primer borrador de los escritores de mapa. Podemos cambiar las molduras y las persianas, está bien. Pero no nos pidáis que toquemos un pilar, que se nos cae el edificio.

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