San Hitchcok, ilumíname

Ayer, le comentaba a una buena amiga, escritora para más señas, mi devoción por Hitchcock. Llevo viendo sus películas desde muy pequeña, quizá demasiado para comprender algunas cosas. Y algunas, las he visto hasta 37 veces (no las he contado, es un número aproximado, pero Vértigo se acerca seguro). Desde entonces, la fascinación que me provocaban se me grabó en la retina como síntoma de calidad, de que se estaban haciendo las cosas bien. Porque, de lo contrario, ¿por qué iba a volver a ellas una y otra vez? ¡Si ya sabía quién era el malo!

Pues es que de eso precisamente se trata: en Hitchcock no importa quién sea el malo.

En Hitchcock importan las tensiones entre los personajes, el binomio tiempo-acción, el ambiente de ensoñación y la emoción. Pero, ojo, no es la emoción que sienten los personajes: sino la emoción que el director, con sus malas artes, consigue hacerte sentir a ti, espectador.

Por eso, cuando estoy escribiendo y tengo dudas, recurro a él. Vale que él no era escritor, ni guionista, ni nada parecido. Pero sabía estructurar una historia. Y tenía muy claro cómo hacerlo. Se lo explicaba sin misterios ni misticismos a Truffaut en sus famosas conversaciones con el director francés (recomendabilísimo libro). En él, comparaba las películas con los sueños: una sucesión aparentemente inconexa de eventos sin sentido al que cada soñante, al despertar, otorga un sentido, una lectura, una interpretación. Pero sobre todo, y más importante, al intentar establecer un paralelismo entre cine y literatura, rechazaba igualar las películas y las novelas. No, decía, si las películas se parecen a algo es a los cuentos. ¿Por qué? Por esa necesidad de condensar y de contar grandes cosas (problemas universales, blablabla) con un único ejemplo de un puñado (cortito) de personajes. Síntesis y metáfora con forma narrativa, aka, cuento.

Por eso, insisto, cuando estoy escribiendo (cuento, relato) y me atasco y tengo dudas, recurro a él.

Sus reglas son muy sencillas y pueden ayudar a cualquier escritor novel y no tan novel:

  1. Mostrar en lugar de contar: esto casi es una máxima de las artes en general, aplicable por igual a cine y literatura.
  2. La gente miente: esto es otra máxima, últimamente puesta día sí día también en boca del Doctor House. Pero antes, ya lo decía Hitchcock. Los personajes pueden estar diciendo una cosa y haciendo lo contrario. No es incoherencia, es la naturaleza humana. Evidenciar ese choque entre la acción y la palabra, o ese ligero desajuste si se prefiere, saca a la luz la tensión emocional que mueve a los personajes.
  3. El sello Hitchcock: no sorpresa, sino suspense. Hay que darle al lector (o espectador) la información suficiente para que sepa lo que está pasando desde el principio. Está prohibido hacer trampa (¿a quién no le ha hecho bufar de indignación un relato tramposo?). No, el lector merece un respeto. Hay que contarle la verdad. Y, si hace falta, que sean los personajes los que no la sepan o la sepan a medias.

Para esa atmósfera mágica, onírica, no tengo la receta. O al menos, el director no la explica con tanta claridad. Eso sí, personalmente, creo que tiene mucho que ver con la focalización, la síntesis y el tiempo. Es decir, vemos magia en lo cotidiano cuando prestamos una atención desmedida a algo que, aparentemente, no tiene importancia. Vemos magia en lo cotidiano cuando encontramos un detalle nimio que resulta tener un sentido superlativo y se pone sin vergüenza ninguna a crecer ante nuestros ojos. Y, por fin, vemos magia en lo cotidiano cuando la percepción del tiempo, la velocidad a la que suceden las cosas parece alterada y dos años se convierten en un segundo y tres minutos en una sufrida hora.

Al final, es todo más o menos lo mismo. Y todo tiene relación con esa necesidad de sintetizar y sugerir, de “menos es más”, que tiene el cuento.

Y quizá no sea muy saludable escribir con un recetario por delante. Pero yo no lo dudo. Tengo mi estampita de San Hitchcock en el cajón, por si las moscas. Y, aunque no la saque todos los días, en los momentos que me atasco, siempre acudo a él y le digo aquello de “San Hitchcock, ilumíname”.

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