El oficio de escribir

Con motivo del Primero de Mayo, reflexionaba hace un par de días sobre el oficio de la escritura. ¿Existe tal cosa? Quizá para una gran mayoría, escritor es aquel que escribe libros más o menos gordos, así como novelas, con tramas enrevesadas y mucha imaginación. Quizá se meta también en este mismo saco a poetas y dramaturgos (a guionistas no: el guionista es otra especie). Y casi siempre termina por envolvérselos de un halo de misticismo,

…fabricado a base de humo de tabaco y vaso de whisky por la mitad y gafas empañadas por la emoción (evidentemente, es un arquetipo masculino). Y lo imaginamos en un travelling alrededor, en un arrebato de inspiración, tecleando sin parar en su máquina de escribir, digo… en su ordenador, sacando folios y folios de materia maravillosa. Gente que no tiene que ir a comprar el pan o que puede pasar tres días con la misma ropa si necesita trabajar sin parar para sacar esas páginas que le atormentaban en su cabeza con su perfección artística. Dioses, héroes y, en general, seres mitológicos, de otro planeta.

Pues no. A ver, no digo que no exista gente así, que crea que en eso consiste el oficio de escribir y se empeñe en ponerlo en práctica. Pero el oficio, básicamente, consiste en que alguien pague por lo que uno escribe. Y para que las letras valgan dinero, tienen que estar muy curradas.

No basta con levantarse una mañana y vomitar sobre el papel lo que a uno le venga en ese momento. Hay que leer, sabiendo leer, documentar, investigar. Hay que planificar lo que se quiere contar, pensar en el objetivo final y tenerlo siempre presente. Hay que ser consciente de que cada palabra empleada, y el orden en que se plasman en el papel, aporta un matiz de significado. Y hay que ser cuidadosos al hacer estas elecciones, porque son una gran responsabilidad: porque significarán el disfrute o la satisfacción de nuestro cliente. Habrá días enteros de frustración infinita, donde tendremos la sensación de no haber avanzado nada. Y aunque parezca mentira, estos días serán necesarios para avanzar en el trabajo final. Horas y horas que parecerán malgastadas ante una pantalla en blanco, donde una línea aparece y al momento, vuelve a desaparecer. Un párrafo entero, que merece ser borrado. Y todo esto, aunque fuera tengamos un sol maravilloso que nos invite a disfrutar de la playa, del campo o de la ciudad: no, tendremos que ser suficientemente disciplinados como para renunciar y seguir trabajando. Quizá al final del día tengamos una línea más.

La persona a la que van dirigidos estos esfuerzos puede ser el lector de novelas o de poesía o el público de una sala de teatro. Pero hay muchos más clientes e intermediarios. Para llegar a ese lector, antes hay que pasar por otros filtros: por ejemplo, conseguir que una editorial compre la propia obra o darse a conocer lo suficiente en internet como para acceder directamente a través de autoediciones digitales.

Y aparte de ese lector final y esas editoriales, existen otros perfiles de clientes potenciales. En mi caso, están los museos y las televisiones. Y resulta curioso que, en ambos sectores, el usuario final, el que visita la exposición o enciende la tele, ignora u olvida que, detrás de esas palabras, hay alguien encargado de escogerlas y ordenarlas, seguramente por el enorme protagonismo institucional que tiene el intermediario. Sin embargo, si quiero hacer bien mi trabajo, más me vale no olvidarme de ellos, porque aunque no paguen o paguen poco o no lo hagan directamente, sin su satisfacción, mi esfuerzo no sirve de nada.

El oficio de escribir consiste en darle a cada uno lo que quiere, lo que espera o lo que necesita en un determinado contexto. Puede que los lectores que sean muy admiradores de tal o cual escritor tengan suficiente con que sea fiel a sí mismo, aunque esa fidelidad implique, por ejemplo, renovarse constantemente. De ahí la sensación de libertad de la pura literatura. La verdad es que, a pesar de esa sensación, si nadie compra, podemos seguir escribiendo por gusto, para dejar nuestros textos guardados en el cajón. Evidentemente, nos habrá servido personalmente, que ya es mucho, pero no podremos comer de ello.

La pregunta es, ¿queremos comer de ello? ¿Por qué? ¿No sería más honesto escribir lo que uno quiera, como uno quiera, por el simple disfrute de la actividad creadora, y dedicarse a reparar tuberías o atender a los clientes de un gran centro comercial para tener un sueldo a fin de mes?

Quien haya experimentado la belleza de escribir sabe que no basta con dedicarle ratos sueltos: se convierte en una prioridad. Y por eso, moralmente nos queda solo una opción posible: ser capaces de conservar la integridad, la fidelidad a uno mismo, la honestidad, en cada una de esas palabras escogidas, ordenadas y pensadas para el cliente. Es un equilibrio difícil, pero posible, que requiere aprendizaje y entrenamiento: es oficio.

 

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