Ver, oír, leer

Haber podido tocar tantos “palos” de la escritura es una ventaja enorme para entender las tripas del oficio. Sobre todo, porque le hace a una consciente de que cada lenguaje tiene sus códigos y su forma de funcionar: obliga a ponerse en la piel del lector, usuario o espectador, intentar imaginar qué es lo que espera percibir y de qué manera se pueden transmitir mejor los mensajes. Porque siempre hay un mensaje que transmitir.

Al escribir televisión, tenemos que ser conscientes de que estamos escribiendo un producto de consumo rápido y fácil, efímero. Tener el miedo constante de que el espectador cambie de canal nos obligará a convertir ese producto rápido y fácil en algo que, además, sea atractivo, para que se quede con nosotros. Y para hacerlo atractivo, debe ser sugerente, evitando lo obvio, llamando la atención y echando el anzuelo, sin dar toda la información de golpe. Parece lo contrario a un producto rápido y fácil, donde el primer instinto es ofrecer la máxima información rápidamente para poder pasar a otra cosa cuanto antes. No, eso haría huír a los espectadores. Ergo, zapping.

Por otra parte, la tele es audiovisual. Y al escribir audiovisual, hay que tener en cuenta que la letra, el texto, va a ir siempre acompañado de imagen. Deben complementarse, no superponerse. Una imagen igual al texto implica saturación de información y aburrimiento. Y estábamos hablando de pequeñas dosis, de evitar lo obvio y buscar la sugerencia. Así pues, el texto escrito para la tele debe ser fácil, breve, rápidamente inteligible, evitando complicaciones (frases larguísimas, con subordinadas y locutores que se ahogan a medio camino) y debe tener siempre en cuenta qué va a estar viendo el espectador, para no pisarlo. La imagen puede anunciar lo que dirá el texto (y al revés), o puede servir para ampliar la información que no es capaz de dar el texto (o al revés), o incluso, puede jugar a contrastar con el texto.

Con las audioguías ocurre algo parecido: también debemos tener en cuenta la imagen. La diferencia es que una no sabe exactamente qué va a estar viendo el espectador. Sí, estará delante de un cuadro o en un espacio arquitectónico de interés. Pero, ¿adónde mirará? ¿Habrá mucho jaleo en la sala impidiéndole prestar atención? ¿Le dará el sol en los ojos? En esta ocasión, es el autor de la audioguía el que debe guiar sus ojos por el cuadro, la pieza o el espacio arquitectónico de que se trate (ojalá pudiéramos ordenarles a esos ojitos una panorámica de este lado al otro: ¡sería tan fácil!). Eso sí, personalmente me fastidia bastante encontrar expresiones como “fíjese en esto”. ¿Quién es la audioguía para darme órdenes? ¡Yo miro donde me apetece! Es lo que pienso inmediatamente, por supuesto. Así que, si queremos escribir audioguía, debemos guiar la mirada a través de la palabra, pero hacerlo de un modo sutil, manejando bien las herramientas de la descripción. Esto obligará al usuario (en museos hablamos de usuarios) a preguntarse: ¿de qué me está hablando? E instintivamente, lo buscará: mirará adonde necesitemos que mire.

La literatura es otracosa. No es que no haya imagen complementaria a la palabra. Es que esa imagen depende en gran medida de la imaginación del lector, que nunca sabemos si va a ser mucha o poca, o si se va a parecer en algo a la nuestra. Lo que sí sabemos es que el lector va a estar todo el tiempo imaginando, creando con nosotros, queramos o no, nos guste o no. No podemos controlar el proceso (la pregunta debería ser: ¿de verdad queremos controlar el proceso?). Por supuesto que no: si no, ¿qué interés tendría? Eso sí, si hay información necesaria para el sentido del relato, hay que dejarla caer. ¿Cómo? ¿Con larguísimas y exhaustivas descripciones? ¿Con textos telegráficos? Eso ya depende de cada uno. Del lector que sea cada uno. Porque cada persona que escribe es su primer lector y, en función de su propia experiencia lectora, empieza a crear.

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