Balthus en el Museo Thyssen

Hoy se ha inaugurado en el Museo Thyssen Bornemisza la exposición sobre Balthus, en la que he tenido la suerte de participar escribiendo el guion de la audioguía. Los procesos de escritura de los materiales interpretativos de la exposiciones son siempre diferentes y, por encima de todo, muy gratificantes para quienes nos dedicamos a ello, más que nada porque nos ofrecen una enorme posibilidad de aprender.

En este caso, además, fue un proceso de trabajo conjunto con el equipo del museo y, en concreto, con el conservador Juan Ángel López, que no sólo se encargó de proporcionar materiales para la documentación y revisar el trabajo final, sino que participó de manera directa en el enfoque creativo y redactó algunos de los comentarios de las obras. De hecho, si visitáis la exposición con audioguía, podréis escuchar cómo esos comentarios están grabados por él mismo.

Durante el proceso, trabajamos con muchísima información y distintos tipos de textos que quisimos incluir como cita, para enriquecer el contexto de la creación de las obras, mostrar otras perspectivas, la intención del artista o las reacciones que provocó. Algunas eran palabras del propio artista; otras, textos literarios a los que sus cuadros y su intención, de manera directa o indirecta, hacían referencia; también, alusiones de contemporáneos, otros creadores y artistas, su viuda… La única desventaja de contar con tanto material, además de sentir la falta de para revisarlo todo con la calma necesaria, es que se hace imprescindible seleccionar.

Así que se me ha ocurrido incluir aquí algunos de esos fragmentos textuales que se quedaron fuera. Seguir leyendo

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Cuerpo de mujer

I

Cueva negra
hendida por un haz
de luz
del verbo engendrar.
Seca
hasta las ásperas
peñas
que afilan el frío dentro.
Rocas doloridas por un tiempo
estrecho, una rendija
de primavera ausente,
que acaricia las esquinas
de muerte y polvo, lecho
de telarañas.

Así leen ellos el útero
que no desea crear
una vida más
para el mundo hambriento
de cuerpos desmembrados,
máquinas, billetes
restregados en el asfalto
y herederos sin casa,
sueños desheredados,
adoptados huérfanos
de sangre y tiempo,
presente sin precio
en la cara externa de la Tierra.

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El evangelio según Sorrentino

silvio

Loro (Paolo Sorrentino, 2018)

Primer plano de una oveja adormilada.

Abrir así una película sobre Berlusconi invita a interpretar la presencia del animal como símbolo del pueblo adocenado y cómodo que vota en masa al político y defiende sin demasiada reflexión al personaje por encima de la persona. La oveja echa a andar por una verde pradera sarda, para terminar entrando en la mansión del protagonista de la película y, tras pocos minutos de sufrir el aire acondicionado y el absurdo programa televisivo de uno de los canales del magnate italiano, cae irremediablemente muerta. ¿Hemos interpretado bien o estamos asumiendo un tópico que no corresponde?

Para descubrirlo, debemos esperar al plano final de la cinta: una escultura de Cristo, recién rescatada de una iglesia en ruinas tras el terremoto de L’Aquila, yace sobre una pila de escombros ante la mirada fervorosa del pueblo.

Son el miembro del rebaño que necesita ser pastoreado, que aspira a acercarse al mesías, y el pastor.

Ahora sí vemos claramente la simbología religiosa. Y, aunque este imaginario no es extraño en la trayectoria de Sorrentino, sí tiene un sentido muy diferente al de otras ocasiones: no alude con estas imágenes a conceptos universales y abstractos para construir una metáfora global, como en La grande bellezza; tampoco es el ejercicio de cultismo preciosista en busca de una genealogía simbólica de tradición católica, como en The Young Pope. En esta ocasión, son más bien marcas de apertura y cierre para que situemos el relato: es un relato mesiánico.

Paolo Sorrentino se acerca a Silvio Berlusconi como lo haría un evangelista que glosa su figura para la posteridad: con la distancia de aquel que nunca podrá alcanzar al mesías. Una figura que aparece, la mayor parte de las veces, vista a través de los ojos de sus discípulos y seguidores, mediatizada y ensalzada, desde abajo.

No en vano, la historia se inicia poniendo el foco en Sergio Morra, un personaje cuya principal motivación es el ansia por alcanzar la figura inalcanzable de Silvio. Tras acompañarle durante un buen trecho, la presencia de Morra se desvanece de la trama cuando parece a punto de rozar su objetivo. Mientras lo hemos acompañado, hemos conocido el mundo que se mueve alrededor de Silvio, el tipo de personas arribistas, de ambición desmedida, que buscan este acercamiento, sus intereses, su fascinación. Nos ha permitido también contemplar el tipo de anzuelo que se le prepara a este mesías popular para atraer su atención, atendiendo a su proverbial pasión por las mujeres: un personaje colectivo compuesto por un nutrido grupo de jóvenes de cuerpos perfectos, según el canon de belleza occidental, gimnastas, bailarinas, actrices o modelos frustradas, que se ofrece insistente como trofeo y fuente de placer para el líder.

En esta exhibición de cuerpos femeninos, con una clara connotación utilitaria, de mujeres sin seso sobre las que no se muestra mayor interés que el físico, es preciso dudar de la complicidad del director con esa mirada machista inherente a nuestra cultura. Sin embargo, a pesar del rechazo inicial -y quizá reflexionando sobre las causas del rechazo que Sorrentino logra provocar-, entiendo que la capacidad del director de incomodar con estas imágenes encierra su buena dosis de crítica hacia esta mercantilización de la carne. Es más, incluso en esas secuencias que destacan por construir una imagen con voluntad estética a partir de los cuerpos de las mujeres, como ocurre durante la larga fiesta de Villa Morena, esa estética está desarrollada desde el feísmo y la distancia. Para lograrlo, por ejemplo, introduce un narrador inesperado para contarnos en tono científico, de documental, los efectos físicos que provocan las drogas.

Poniendo distancia, Sorrentino construye la imagen de Silvio, un personaje ajeno, casi extraterrestre desde nuestra mirada, con el que somos incapaces de crear un vínculo: una imagen de extrema alteridad que explica el título de la película, Loro: en italiano, ese pronombre referido a la tercera persona del plural.

Otro de los recursos que emplea para reconstruir la figura del líder es rescatar sus hitos, sus Greatest Hits, esos rasgos populares, que lo convirtieron en «algo más que un político cualquiera», desde la perspectiva de los propios italianos: su faceta como cantante, presidente de un equipo de fútbol, empresario, propietario de cadenas de televisión…

silvio cantante

Hay que tenerlo claro. No vamos a encontrar la caricatura del personaje tal como lo hemos conocido desde España, ni demasiadas referencias a tramas de corrupción, ni la explicación de sus vínculos con la mafia, ni sus salidas de tono entrando por teléfono a corregir lo que de él se decía en los programas de televisión: esa sería una reflexión analítica y racional que la película no tiene interés en abordar. Al contrario, busca con fruición aquellos recuerdos colectivos anclados en la memoria emocional de los italianos, como su visita a L’Aquila tras el terremoto o la canción que utilizó para una de sus campañas, que se recrea en esta ocasión en el formato paródico de un videoclip: Menos mal que está Silvio. Un género, por cierto, en el que casi habría que enmarcar toda la película, por la cantidad de momentos musicales que incluye y por su propio ritmo y cadencia como conjunto.

Acercarse al personaje tanto como para tocarlo es conseguir que desaparezca, igual que caen los efectos ilusionistas de un triste Mago de Oz. Esta decepción queda encarnada en la figura de su esposa, Veronica, la única que ha logrado lo que todos quieren y la única que muestra un total desapego y desinterés por Silvio. El mito deja de serlo cuando se hace humano.

El propio personaje tiende a contemplarse a sí mismo como un salvador, de la patria y de sí mismo, aunque cuando logra alcanzar sus metas, cuando logra dominar todo el poder posible, es incapaz de utilizarlo: como un dios caprichoso que no entendiera para qué le han otorgado sus poderes o, sencillamente, qué más da.

En este juego de matices, entre la ambición, el ingenio, la caricatura y el patetismo del personaje, conviene destacar el trabajo de Toni Servillo, para el que cualquier reseña se quedaría corta. Sobresaliente es la escena en que interpreta a dos personajes, a Silvio y a su socio Ennio, dándonos una lección básica de populismo.

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Callo en el corazón

«Me quedé dormido hilvanando constelaciones», dictó el profesor para que los alumnos practicaran el análisis morfosintáctico. Era una de aquellas clases de educación para adultos y, mientras anotaba despacio, minuciosa, la anciana sintió el callo en el dedo corazón por su eterna negativa a usar dedal. Se preguntó si el autor de aquella frase, si alguno de esos literatos que vierten su mirada poética al mundo desde la distancia de una constelación, habría cogido alguna vez un hilván.

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No escribir

Para que una persona que escribe sea considerada escritora debe hacer una serie de cosas que no son escribir:

  • Publicar libros. Libros, porque los blogs o los textos en formato digital no se consideran propios de escritores profesionales. Libros, porque los textos para la escena son otra cosa.
  • Publicar sin autoeditarse. Es decir, ganar un concurso cuyo premio sea la edición o convencer a alguna editorial de que la obra merece la pena. Es decir, en muchos casos, tener contactos entre los organizadores de los concursos o entre los responsables de las editoriales.
  • Recibir reseñas de las obras publicadas. Es decir, en muchos casos, tener contactos entre críticos, expertos que hacen reseñas, blogueros, así como responsables de revistas digitales o en papel.
  • Dar entrevistas sobre las obras publicadas o sobre la propia trayectoria literaria. Es decir, en muchos casos, tener contactos en las secciones de cultura de los medios de comunicación.
  • Hacer lecturas públicas y recitales. Es decir, participar en los circuitos oficiales y no oficiales que organizan lecturas públicas y recitales. Es decir, en muchos casos, tener contactos entre los organizadores de las lecturas públicas y recitales.
  • Participar en charlas, jornadas, debates o conferencias sobre literatura y escritura. Es decir, en muchos casos, tener contactos entre los organizadores de charlas, jornadas, debates y conferencias sobre literatura y escritura.
  • Conseguir que la propia obra sea estudiada por los académicos. Es decir, en muchos casos, tener contactos entre los académicos.
  • Conseguir que la propia obra sea difundida por bibliotecas y clubes de lectura. Es decir, en muchos casos, tener contactos entre los responsables de bibliotecas y clubes de lectura.

En resumen, en muchos casos, tener contactos. Y caerles bien. Y saber que, cuando haga falta, te echarán una mano, te ayudarán, te abrirán esa puerta o te presentarán a esa persona. Es decir, halagarles, darles palmaditas en la espalda, formar parte de la camarilla. Seguir las reglas sin señalarse. No ser críticos.

 

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Poetuiteros, poetfluencers, instapoetas y demás elementos: escritores y redes sociales

Ayer me hicieron una entrevista para el programa de Canal Sur En Red. El tema era la relación entre escritores y redes sociales. En concreto, me preguntaron por el uso que yo hacía como escritora de este medio y sus ventajas.

La propuesta de participar en este programa surgió a través de un amigo que tenía un contacto que conocía a la redactora que me entrevistó, una de esas carambolas que constata la teoría de los seis grados de separación y que son tan habituales cuando se trata de buscar entrevistados. Pero estaba segura de que tanto mi amigo como su contacto debían conocer a muchísimas más poetas -era ese el perfil buscado- que dieran más y mejor uso a sus redes sociales, que las miraran con mejores ojos y con menos recelo. Así que desde el primer momento temí no ser el perfil idóneo para la entrevista. Sin embargo, el tema me interesa muchísimo: ¡tiene tanto que debatir! De manera que me decidí a ir a hablar del asunto y, cómo no, la entrevista se me hizo muy corta y me quedé con un montón de ideas que expresar. Seguir leyendo

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Desde mi periferia

Hace unos días soñé con un compañero del sector audiovisual que está trabajando en Madrid. Durante el sueño, le recriminaba que hubiera abandonado Sevilla en busca de su futuro profesional, de unas condiciones de vida y trabajo dignos. Le acusaba a gritos de ser un egoísta, un individualista que había renunciado a trabajar por el bien común, por el colectivo, buscando sólo su propio beneficio. Y sálvese quien pueda.

Al despertar, aún sorprendida porque un pensamiento tan comprometido me asaltara en sueños, con la vehemencia suficiente como para avasallar a una persona que sólo ha tratado de hacer su camino lo mejor posible, pensé que todas esas ideas podían estar relacionadas con mi experiencia de esta ciudad donde vivo y, concretamente, con un episodio muy reciente ocurrido a partir de la limpieza de mi biblioteca. Seguir leyendo

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